El modelo cartista

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El 13 de enero de 1947 el Partido Colorado retomó el poder de la República después de haberlo perdido en la revolución liberal de 1904. En siete años lo volvió a perder con el golpe de Stroessner en 1954 que tumbó a Federico Chaves, un caudillo histórico de la ANR. Desde entonces ya no hubo colorado al frente del Ejecutivo. Filosófica, histórica y doctrinariamente, el Partido Colorado quedó al margen del Poder. Hasta hoy. Y posiblemente hasta el 2023. 

Los anteriores presidentes de la República disimulaban, más o menos, su anticoloradismo hasta que vino Horacio Cartes. Ya no cuidó las formas ni se preocupó en maquillar el atropello al Partido en cuyo nombre gobierna. 

Un relato de García Márquez nos cuenta que en la descomunal lucha por el poder entre Dios y Lucifer, ganó Lucifer. Como el diablo da mala imagen decidió gobernar el universo en nombre de Dios. 

Los presidentes que le sucedieron a Federico Chaves –tal vez con una o dos excepciones– gobernaron en nombre del Partido Colorado haciendo creer a los afiliados que la ANR estaba en el Poder. 

Cuando se prescindió del coloradismo como entidad doctrinaria gobernante, se acabaron los caudillos, es decir, esos jefes partidarios con raíces coloradas; que respiraban coloradismo por todos los poros; que sentían el orgullo de pertenecer a una asociación política identificada con una tradición de lucha, entrega, desinterés. Eran caudillos que arrastraban gentes por convicción. Esta especie se ha extinguido. Lo de la asociación de “hombres libres” está muerto y sepultado. 

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Hoy el dinero le sustituye a la convicción, al ideal, a la vocación de servicio. Ya a nadie le importa que el Partido Colorado sea manejado, pisoteado, por gente que viene de afuera. Ahí están Cartes y Alliana. Presidente de la República y de la Asociación Nacional Republicana, respectivamente. Y el próximo presidente de la República, posiblemente, sea otro arribeño. 

Ahora bien, ¿hasta qué punto un político militante, “de cuna”, garantiza un buen gobierno? Ninguna garantía, desde luego. ¿Importa más la tradición familiar que los factores decisivos para estar al frente del Ejecutivo? Factores como la formación académica, experiencia en el manejo de la cosa pública, sensibilidad social, probada honestidad, eficiencia, el valor de la justicia. Y sobre todo, tener la inteligencia de valerse de la inteligencia de los demás. 

No podemos juzgarle a Santiago Peña como presidente de la República, naturalmente. No sabemos cómo ha de desempeñarse. Por ahí sale bien. Es joven, instruido, y al parecer sin ninguna mancha, salvo que –desde la óptica de los colorados no cartistas– es o haya sido liberal. A esta altura ya no interesa la procedencia partidaria de nadie sino que tenga sinceros deseos de servir al país; que procure honestamente sacarnos hacia adelante; que trabaje por vigorizar la democracia como instrumento de progreso con justicia; que prescinda de elementos nocivos, corruptos, que suelen conformar el primer anillo de nuestros gobernantes. 

Lo preocupante del candidato de Honor Colorado es su promesa de continuar con el modelo impreso por Cartes. Quiere decir que vamos a tener, por lo menos, cinco años más de autoritarismo, ceguera, caprichos, endeudamientos, obras públicas mal hechas y peor concebidas, etc. Y por encima de todo, una justicia avasallada, cómplice de la corrupción, porque ella misma es corrupta. 

¿Seguir con el modelo de Cartes? No es un buen comienzo para quien pretende dirigir los destinos nacionales. 

¿El modelo de Cartes? ¿Va a continuar la persecución atroz a quienes piensan por cuenta propia? ¿Seguirá premiándose la mediocridad, la ineficiencia, la deshonestidad? ¿Va a continuar la compra de conciencia, la política de la chequera? El dinero ayuda, pero también degrada cuando se lo utiliza para especular con las necesidades del prójimo, o para premiar inconductas. 

El país necesita otro modelo, otro rumbo, para salir de su postración moral y material.

alcibiades@abc.com.py