El mundo se ha vuelto una aldea

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Sesenta años atrás, McLuhan afirmó que el mundo se convertiría en una aldea. Habló de cómo los medios de comunicación, especialmente la televisión, iban a cambiar nuestra cultura y costumbres. Entonces, nadie le creyó ni le hizo caso. Hoy, con internet, nos damos cuenta de cómo avanzaron las comunicaciones, haciéndonos compartir experiencias, conocimientos, ideas y pensamientos, a una velocidad impensable en otros tiempos.

Vivimos en épocas en que hay una cantidad impresionante de información, pero escaso conocimiento. Los profesores de literatura ya no pueden conseguir que los jóvenes lean libros completos de los clásicos. ¿Quién puede devorar totalmente, por ejemplo, Don Quijote de la Mancha? ¿o las obras de Shakespeare? Si todo se puede encontrar en internet. Para qué perder tiempo, leyendo o recabando informaciones en las bibliotecas. Ocurre que para disfrutar realmente de una obra literaria hay que poner atención, reflexión y concentración. Hay que ubicarse en el tiempo y en el escenario, usando la fantasía. Eso fue lo que hicimos, en nuestra juventud y en épocas de estudiantes, tratando de leer la mayor cantidad de clásicos. Gracias a eso, enriquecimos el lenguaje y pudimos escribir correctamente. Los errores que se cometen hoy día en los mensajes de texto son insoportables para quienes hemos buscado y procurado bastante para lograr hablar y escribir en un correcto castellano. ¿Cómo será que se enseña hoy el arte del lenguaje en escuelas y colegios?

Ya se cree que los periódicos en papel irán desapareciendo lentamente, ya que todo es digital, en la actualidad. La gente lo resuelve todo a través de su teléfono móvil, que tiene mil chiches y es de última generación. También los chicos consultan sobre cualquier tema en Google: al instante y en la pantallita, está todo. ¿Desaparecerán también los libros? En estos momentos si leemos a los pequeños los cuentos de Caperucita Roja, por ejemplo, quedarían con la boca abierta preguntándonos por qué la niña del cuento no llamó a la abuela, por su celular, a avisarle del peligro del lobo feroz. Y cuántas otras situaciones que quedaron totalmente desfasadas por la aparición de las herramientas tecnológicas. Algunos nostálgicos pensamos que ya no podemos relatar esos cuentos clásicos, porque ya no tienen sentido. Sin embargo, hay que preguntarse si no hemos matado en las criaturas esa capacidad de asombro, de goce y de disfrute, que desarrollamos en nuestra infancia.

Nadie discute los beneficios de Google, Twitter, Facebook o skype en el periodismo, la educación, las empresas, industrias, comercios, políticas y economías. Como sostuvo McLuhan, el mundo es una aldea, porque estamos todos juntos y muy cerquita, uno del otro, sin mediar distancias. Podemos conectarnos con personas que están en Europa, Asia, Lejano Oriente como si fuera que están aquí mismo. El Papa, el presidente de los Estados Unidos o los actores famosos están en las redes y pueden ser nuestros amigos. Unas décadas atrás, ¿cómo podíamos imaginar esto? Parece un verdadero milagro.

Nicolás Carr era un lector voraz de cuantas obras llegaban a su mano. Cuando apareció el ordenador, se puso a navegar por la red, de mañana, tarde y noche. Poco a poco, dejó de interesarse por los libros, porque ya no podía concentrarse. Muy preocupado dejó Boston y fue a instalarse en una cabaña de Colorado, donde escribió su famoso libro: “¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes”? En él plantea los peligros de que se esté atrofiando nuestro cerebro por haberse vuelto esclavo de la tecnología. En fin, queda mucho trabajo para la neurociencia, que tendrá que develar, en el futuro, qué daños produce en la mente, sobre todo sobre si se atrofian o no las neuronas, por la adicción a la tecnología moderna.

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