El placer de los años

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La edad no solo está determinada por los años que cumplimos. Lo que aparentamos también cuenta y mucho, porque es lo que nos abre o cierra puertas; por eso hay quienes ocultan o son muy prudentes en contar cuántos años tienen. Ser considerado “un viejo” en un mundo que sobrevalora la juventud es un golpe fuerte, porque es como perder toda chance de integración vital.

La edad biológica marca la cantidad de años que tenemos pero, como el ser humano es complejo, no es la única edad que portamos: además de la corporal, tenemos edades emocional, intelectual y espiritual. Hace unas décadas, a los 50 años una persona estaba prácticamente acabada, principalmente las mujeres. Ciertamente esto aún persiste, pero los tiempos, la forma de vida y la psicología del consumidor han hecho su labor, hasta llegar incluso a propuestas de eterna juventud (física). El varón, aunque lo demuestra menos, también sufre su calvario con la edad; ese “señor” resuena en su ser tan sorpresivamente como el “señora” a nosotras, sucede el día menos pensado.

Por su parte, los niños tampoco salen ilesos de las comparaciones y dictaduras sociales de la edad. Los mismos padres apresuran etapas, por necesidad, por comodidad y hasta por tonta competencia con otros padres. El niño que se comporta como un adulto es un ser muy incómodo de procesar para la naturalidad. Padres, por favor no permitan que sus hijos escuchen charlas de adultos e interrumpan con alguna “opinión”; madres, no fomenten en las niñas la coquetería inapropiada para su edad. Y qué decir de las adultas mayores que se visten como quinceañeras. Lamentablemente la influencia de la propaganda ha sido tan poderosa que muchas operadas acaban con resultados tétricos, inanimados, artificiales.

Y cuánto queda por decir de nuestras otras edades. Saber qué edad tenemos en la mente y el espíritu es una inquisición diaria de equilibrio. Quien logra llevar más o menos las tres dimensiones puede considerarse un ser que apunta al orden armónico de la vida y la muerte.

Sin especificar con números, las etapas serían: bebé, niño, adolescente, joven, adulto, mediana edad y tercera edad, más todas las maneras políticamente correctas. Sebastián de Covarrubias (1539-1613) agregaba algo más a la lista: la decrepitud.

Hoy la lucha contra el envejecimiento está declarada como si fuera una enfermedad. Qué error.

Quienes tenemos profesiones en las cuales precisamos extrasensibilidad para captar mejor las edades de la persona, solemos sentir ambas cosas: valles de libertad (seguridad en una dimensión) y altas murallas (inseguridad en otras). Las mujeres tienen distintas reacciones respecto a confesar su edad: “Te cuento sin problemas, pero no pongas, ¿para qué?”, “No tengo vergüenza, te la digo”, “Nunca digo mi edad, eso ni se pregunta”. Indignación, desafío, aceptación, rechazo, vergüenza, de muchas maneras nos llegan los años.

Lo bueno es que el cliché es cierto: la juventud puede existir interiormente con 95 años de vida, como la vejez invadir a una persona antes de tiempo.

Les dejo una pregunta-reflexión del gran deportista LeRoy Paige, quien llevó con energía absoluta su carrera durante 5 décadas: “¿Qué edad tendrías si no supieses la edad que tienes?”.

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