El Poder, ya se sabe, corrompe poco a poco hasta volverse incontrolable. Es cuando rodean al mandatario las ideas más desquiciadas sin capacidad de distinguirlas. Todas le parecen buenas porque ya no tiene quien le contradiga. Está absolutamente solo en lo alto del poder donde gobiernan sus caprichos. Su voz interior es la de su arrogancia desmedida agravada también por su poder económico, que es inmenso.
En medio de tanto barullo a su alrededor, Horacio Cartes está solo. A su lado no se mueven personas sino autómatas que solo aciertan a decir: “Sí, señor”. Se cuenta del gran Filipo II, de Macedonia, que en sus momentos de gloria le acompañaba un esclavo para recordarle que era mortal. Horacio necesita de un amigo que le recuerde su discurso original, aquel pronunciado cuando se hizo cargo de la presidencia de la República, pleno de confianza para el país porque marcaba un nuevo rumbo.
Necesita un amigo que le hable y a quien escuche. Este amigo le podría decir: “Horacio, nada destiñe tanto la imagen de un presidente de la República como la mentira al pueblo. Reiteradas veces le habías dicho que respetarías la Constitución Nacional y que te negarías a buscar un segundo mandato. La gente creyó en vos. Es posible que en ese entonces fueras sincero, pero a mitad de tu mandato te enredaron los deleites del poder al que nunca ni habías soñado llegar. La presidencia de un club deportivo y de muchas empresas era tu máxima ambición. Pero alguien, en un día aciago, te derramó en el oído el veneno de otras ambiciones. Recuerdo que dudaste al comienzo. Pero pronto te convencieron del todo cuando compararon el éxito de tus negocios con el fracaso de los proyectos nacionales de otros gobiernos. Tu otra duda fue que no estabas afiliado al Partido Colorado, pero enseguida remediaron este “olvido”. Pero se presentó otro obstáculo: la carta orgánica del Partido no permitía que un recién afiliado se presentase en su nombre para cargos electivos, y que solo una convención podría modificarla. Aquí apareció el Horacio Cartes que yo conocía: decidido y emprendedor. Compraste la convención entre hurras y vítores de quienes vendieron el Partido. Para más, a un arribeño.
“Aquél negocio, como todos los tuyos, te salió tan bien que pronto hiciste nuevas inversiones partidarias. Entre ellas, la compra de otra convención para imponerle al Partido un presidente a quien nadie conocía, para peor, ni siquiera era colorado. Pero es tu amigo. Hasta ahora nada hizo por el Partido, pero hizo mucho por vos. Siguiendo tus órdenes, instaló la idea de la reelección. Y aquí estamos con el país dividido, tanto peor porque era evitable.
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“Ahora entiendo por qué te diste a la tarea febril de comprar, a cualquier precio, cuanto medio de comunicación encontrabas. Era parte de tu proyecto de reelección y necesitabas que se multiplicasen tus intenciones. Necesitabas –necesitás– que se acepten tus propósitos como legales a fuerza de repetición masiva.
“Corto de mira, quemás tu barco por el presente sin pensar en el futuro. Cualquier cosa que hagas de provecho para el país será olvidada. Solo se recordará que huiste de tu juramento de respetar y hacer respetar la Constitución. Te perseguirá la desilusión de la gente que aplaudió tu proyecto de darle al país un nuevo rumbo. Arrinconado en el olvido de las mismas personas a quienes ayudaste a mantenerse a flote, pensarás tardíamente que cambiaste tu vida por un plato de lentejas.
“Procuro entender el encandilamiento del poder. De modesto cambista en Pedro Juan Caballero, sin más compañía que personas de tu misma índole, pasar a codearse con las más altas personalidades internacionales de la finanza y la política –no te digo de la cultura– es para desear que nunca se acabe el sueño. Pero terminará y posiblemente mal. No hay castillos que aguanten cimentados en la arena. O sea, nada sólido se construye con la mentira.
“Comprar parlamentarios, oposición incluida, es barato. Tus conciudadanos recordarán siempre con rencor este mal negocio para el país. Nunca tendrás dinero suficiente para comprar un futuro distinto”.
Esto es lo que un amigo le diría al presidente de la República. Pero no tiene amigos.
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