Fuimos un país eminentemente forestal hasta la década del 60 del 1900, vale decir hasta hace casi unos 60 años. Los rollos de las mejores especies forestales llenaban los vagones cargueros de nuestro ferrocarril y mis ojos en el barrio Estación de Villarrica fueron testigos de aquella huida que hacían nuestros troncos. Obrajeros eran llamados los que cada tanto salían de nuestros montes y dejaban un rato sus hachas para visitar a sus familiares y tratarse de la terrible leishmaniosis que les acechaba.
La aptitud productiva fue cambiando y la producción forestal quedó rezagada, pero hoy viene ganando impulso nuevamente con la producción de madera no genuina del Paraguay como el eucalipto, el paraíso, la toona, la grevillea y otras que si no se hubieran implantado, nuestras especies nativas hubieran estado en situación de desaparecidas.
No era este el karaku del comentario y, sin querer, me fui a los árboles. Bajando a tierra nuevamente nos topetamos hoy con que la producción agrícola y ganadera son los buques insignias que tiene el país. La conducción empresarial y mecanizada de la producción paraguaya hizo muy bien la digestión de entender el combo de la técnica llamada “labranza cero” con la implementación del uso de los abonos verdes, la rotación de los cultivos y la siembra directa.
Los tiempos cambiaron, tanto como los factores climáticos, y la agricultura de este país pasó, del uso de los bueyes aradores de la tierra a los tractores sin haberse deslizado antes sobre el uso de los equinos “agricultores”. O sigue el uso del flex “buey-tractor”. Los bueyes fueron desapareciendo del escenario productivo en la medida que fueron apareciendo los abigeos que siguen martirizando a los campesinos en contubernio con las autoridades policiales y partidarias de cada región.
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Una gran parte de mi vida profesional productiva se dedica a pregonar el manejo elemental lógico que debe implementarse hoy para lograr una buena producción agrícola. Y sin guardar ningún secreto, el logro campesino debe sustentarse en una bienhechora semilla, las buenas prácticas agrícolas y en una excelente fertilidad del suelo. El resto, que tampoco es historia, sirve pero con las autoridades ministeriales del ramo, las cosas se tornan difíciles y hablo de una asistencia técnica pobrísima a casi nula, una tenencia de la tierra tácita y un socorro crediticio inexistente. Solo existe el subsidio populista que cada vez más asfixia, endeuda y le tiene del cuello a este país.
El arado de discos o el comúnmente llamado “rastrón” entró a arar y descalabrar a todos los suelos del Paraguay a través de los atrasados municipios, las arcaicas gobernaciones y otras instituciones estatales en las que el razonamiento productivo más elemental jamás les llegó. Son implementos usados en las rutas para que motiven la compactación de las mismas y con su uso en los suelos agrícolas de los campesinos, junto al burlesco rinde de las cosechas, solo sirven para que sus hijos dejen el campo y se conviertan en peajeros, caballos locos, asaltantes, drogadictos, ladrones y motochorros citadinos. Con la rastra, que pregona el mismo gobierno, se arrastra por el suelo el Paraguay...
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