En el aniversario de Asunción

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Sobreponiéndose a sus males, don Pedro de Mendoza mira complacido la multitud que se ha reunido en la playa para verlo en la aventura de cruzar el océano. Le anima la certeza de que sus naves regresarán colmadas de oro y plata. Piensa que vale la pena invertir su fortuna, esa que obtuvo de un sangriento saqueo en Roma a riesgo de su vida.

La preocupación por su salud desaparece ante el magnífico espectáculo de las 11 naves y los 1.300 marinos que se aprestan a darse a la mar. Toda Sevilla está en el puerto. En algunos meses más volverá, alegre y ruidosa, para dar la bienvenida a la riqueza por la que tanto suspira, de la que tanto ha escuchado hablar.

Con voz apagada, don Pedro de Mendoza imparte la orden a sus capitanes. La flota comienza a moverse con viento a favor. El sol de agosto asoma “en el balcón del horizonte” como diría Cervantes mucho tiempo después. A un par de horas de la partida, don Pedro cae tumbado en su camarote. Está cansado. Fueron muchas idas y venidas desde hacía meses para llegar a este instante: Primer Adelantado del Río de la Plata con un territorio tan vasto que el Paraguay será conocido como la Provincia Gigante de las Indias. Sus límites tocan los dos océanos.

En la imaginación de don Pedro las montañas de oro rivalizan con el sol en su esplendor. En la fidelidad y obediencia de sus hombres descansa la realidad de sus sueños. No solo será inmensamente rico, su nombre brillará en lo alto de la gloria mientras dure el mundo recién nacido con nombre de mujer. ¡América!

Está enfermo, pero no lo suficiente como para privarse del regreso triunfal, comenta en las reuniones bajo las estrellas a sus hombres de confianza. ¿De confianza? Conoce de sobra al soldado ambicioso que pelea por el botín. Él mismo lo ha sido. ¿Qué hay detrás de la mirada de ese capitán, y el otro, y aquel? ¿Piensan, tal vez, traicionarlo?

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Esta súbita idea, a partir de algunos gestos que procura descifrar, le mantiene alerta. Ya no tratará sino con los capitanes que han de dar su vida por él: Diego de Mendoza, su hermano; Juan de Ayolas, alguacil mayor; Juan Salazar de Espinoza; Juan de Osorio, maestre de campo y justicia mayor. ¿Juan de Osorio? Un relámpago se cruza por la mente de don Pedro. ¡Osorio! Valiente, audaz, ambicioso.

En Roma le vio en el saqueo alzarse con mucho más de lo que podía llevar. Fue la pura codicia. ¿Y ahora? ¿No estará cavilando un plan para quedarse con el oro y la plata del Rey Nuestro Señor y también míos?

Fue despertado en la madrugada que traía el aroma tibio de la tierra. La flota se acercaba a Río de Janeiro con júbilo de la tripulación que velaba en cubierta. En su camarote de almirante y de enfermo, don Pedro se despertó del todo al sentir que le deslizaban en el oído el veneno mortal de la sublevación. ¿Quién es el cabecilla? ¡Don Juan de Osorio! Pues, matadle, ahora. Su fiel capitán, don Juan de Ayolas, pronto regresó para avisar que unas cuchilladas enviaron al infierno el alma del conspirador y el cuerpo a las tranquilas aguas del océano.

Sintiéndose muy enfermo, y resuelto a regresar a España, don Pedro nombró a Juan de Ayolas lugarteniente gobernador y capitán general de la Provincia del Río de la Plata. Entre varias recomendaciones pide que le haga llegar alguna joya o piedra preciosa para no morir de hambre. No tuvo tiempo de vivir ese extremo porque murió en el mar.

Aunque hubiera llegado vivo, nunca le habría alcanzado la riqueza que pobló sus delirios. En Asunción lo único que brillaba como el oro era el sol inclemente.

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