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21 de Agosto de 2018

 

Entre anarquía y tiranía

Por José Azel

La democracia puede definirse de muchas formas, tales como gobierno por el pueblo, decisiones de la mayoría, creencia en libertad e igualdad, y otras. Pero encuentro conceptualmente útil reflexionar sobre la democracia como una forma de gobierno entre la violencia de la anarquía y la violencia de la tiranía.

El psicólogo cognoscitivo Steven Pinker lo dijo así: “Se puede pensar en la democracia como forma de gobierno que navega hábilmente ejerciendo suficiente fuerza para imposibilitar que las personas abusen de otras sin abusar del pueblo mismo. Un buen gobierno democrático permite a las personas dedicarse a sus vidas con seguridad, protegidas de la violencia de la anarquía, y en libertad, protegidas de la violencia de la tiranía”.

De ahí que no tener un gobernante y disfrutar al máximo de libertades individuales sea preferible si podemos evitar la violencia de la anarquía. Pero la historia humana muestra que el caos es más letal que la tiranía, y por eso inventamos una forma de gobierno que “navega hábilmente” entre la violencia de la anarquía y la violencia de la tiranía.

Actualmente, según se mida, más del 50% de la población mundial vive en naciones democráticas. Sin embargo, en la práctica, algunas de esas naciones pueden ser más autocráticas que democráticas. También encontramos algunas autocracias tipo Singapur, y algunas democracias represivas como Pakistán. El alias de dictador benevolente se ha utilizado para describir líderes autoritarios que ejercieron poder absoluto, como Josip Tito (Yugoslavia), Mustafá Kemal Ataturk (Turquía), Lee Kuan Yew (Singapur) y otros.

Una distinción práctica puede hacerse también entre esas democracias que no van mucho más allá de limitar el poder del gobierno sobre sus ciudadanos, y aquellas más activamente comprometidas a apoyar la voluntad de la mayoría de la ciudadanía. Por ejemplo, el sistema político americano es más populista que los sistemas políticos de otras democracias occidentales más aristocráticas o elitistas.

A pesar de sus limitaciones, la democracia la describió exquisitamente Winston Churchill en un discurso ante la Cámara de los Comunes: “Se han intentado muchas formas de gobierno, y se seguirán intentando en este mundo de pecado y calamidad. Nadie pretende que la democracia sea perfecta o competente en todo. Realmente, se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de todas las otras formas que se han experimentado”.

Sin embargo, la tiranía continúa teniendo abogados, particularmente entre los que aborrecen la democracia y articulan celosas opiniones político-económicas sin preocuparse por las evidencias. Y entre los autocomplacientes optimistas que no desean esforzarse mucho trabajando para prosperar, porque un tirano paternalista con un plan maestro mejorará sus vidas, como en China, Cuba, Irán, Corea del Norte o Vietnam.

El economista Paul Romer hace una instructiva distinción entre optimismo complaciente y optimismo condicional. Relaciona optimismo complaciente con el de un niño esperando regalos en la mañana de Navidad. Más allá de conducta obediente no se requiere mucho más del niño. Mientras que optimismo condicional es el sentimiento del niño que “desea una casita en un árbol y comprende que, si obtiene suficiente madera y clavos, y convence a otros niños que le ayuden, puede construirla”. La democracia necesita optimismo condicional y la tiranía requiere optimismo complaciente.

Quizás el más malentendido y criticado aspecto de los gobiernos democráticos es su proceso electoral, como Pinker destaca: “Los cientistas políticos se asombran por la superficialidad e incoherencia de las creencias políticas de las personas, y por la endeble conexión entre sus preferencias y sus votos…”. Un grado considerable de apatía e ignorancia parece ser parte de muchos procesos democráticos.

El filósofo anglo-austriaco Karl Popper, visto generalmente como uno de los grandes filósofos del siglo 20, ofreció brillantemente una simplista manera de pensar sobre un gobierno democrático. Típicamente pensamos sobre democracia y su proceso electoral como una forma de gobierno que responde la pregunta: ¿Quién debe gobernar? En vez de eso, Popper propone que debemos pensar en la democracia como un sistema de gobierno que nos permite solucionar el problema de cómo salirnos de malos líderes sin baños de sangre.

Reemplazando malos líderes sin violencia es como la democracia navega hábilmente entre la violencia de la anarquía y la violencia de la tiranía. [©FIRMAS PRESS] 

*El último libro del doctor José Azel es “Reflexiones sobre la Libertad”.

joeazel@me.com

 
 

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