Flores y sus verdugos

Este artículo tiene 14 años de antigüedad

SALAMANCA. No se puede ignorar que el martes último murió el escritor Carlos Fuentes en México D.F. Pero no se puede ignorar tampoco que ayer se cumplieron cuarenta años del fallecimiento de José Asunción Flores (Asunción, 1904 - Buenos Aires, 1972). Su obra sigue estando presente, y lo va a seguir por siempre aunque esto suene a exageración.

 Se lo tiene que considerar no solo como músico sino también por el ejemplo que dio de honestidad y coherencia con sus ideas, dos cosas que ya no son frecuentes de encontrar, la actitud que mantuvo frente a la dictadura, la falta de libertades y la continua violación de los derechos humanos que sufrió el país por espacio de 42 años (1947-1989) sin que los ofrecimientos de condecoraciones y medallas lograran deponer su actitud.

No voy a hablar de su biografía que ya lo hace extensamente Antonio Pecci en el libro “Tributo a Flores” que fue presentado ayer. Ni tampoco de su música a la que Luis Szarán le dedica varias páginas de su “Diccionario...”. Solo quiero recordar dos o tres cosas que me tocaron vivir de cerca sin que por ello esté buscando treparme a la fama del muerto.

Algunos miembros del Partido Colorado, con puestos muy altos, al preguntarle por qué tal ensañamiento con Flores me dijeron que el Gobierno le había ofrecido una condecoración muy importante, la más importante que se le podía conceder y que el músico la había rechazado.

Retrato fiel de una época: no era posible rechazar los privilegios y galardones que otorgaba el tirano. La condecoración no era nada más que el señuelo para anular su actitud crítica al gobierno. Era como aquel gesto del papa León III, cuando la noche de Navidad del año 800, coronó emperador a Carlomagno (742-814) que visitaba Roma en ese momento. Nacía así el Imperio Romano Germánico que tendría la obligación de defender; sobre todo Roma, amenazada siempre por diversos enemigos, y, sobre todo, las posesiones del papado que no eran pocas. Una trampa perfecta disfrazada de gloria.

Por encima de las diferencias, el tiempo, la distancia y la calidad de las personas, lo que el tirano quería era músicos como Paraná quien periódicamente visitaba el país para mostrarle su sumisión, para poner a sus pies sus triunfos, sus victorias, sus trofeos, su renombre paseado por las casas reales de Europa. ¿Qué sabía entonces, y ahora, Europa de lo que nos tocaba vivir? Que yo sepa, solo el castillo de Sant’Angelo, de Roma, posee un orificio en el piso del comedor a través del cual se puede ver la sala de tortura, y escuchar los gritos de dolor, de piedad, de deseo de la muerte del torturado de turno. No hay, sin embargo, ningún orificio en Europa a través del cual se puedan escuchar los gritos desgarradores de las salas de tortura de nuestros países pequeños, pobres, olvidados de Dios y de los hombres.

Flores no regresó al país que abandonó en 1947 después del triunfo de Higinio Morínigo y el inicio de la dictadura del Partido Colorado que se extendió hasta 1989. En 1975 se quiso celebrar el cincuentenario del nacimiento de la guarania y la dictadura insistió en su irracional crueldad. Se negó a nombrar una calle con el de su creador, José Asunción Flores; se pidió que se proclamara el “año de Flores”, pero solo se logró que se llamara “año de la guarania” al igual que una calle y se lanzó una campaña de desprestigio del compositor asegurando que había sido el poeta Manuel Ortiz Guerrero y no él, quien creó realmente el nuevo ritmo.

Años más tarde se formó una comisión para repatriar los restos de Flores entre gente amiga. Yo no formaba parte de ella, pero igual fui citado al Ministerio del Interior, al igual que Alcibiades González Delvalle. Allí fui yo y el viceministro del patético Sabino Augusto Montanaro, Miguel Ángel Bestard (el mismo que de pequeño hacía sus deberes en la casa de mi tía Adelita, que había sido maestra) se encargó de insultarme en medio de terribles amenazas asegurándome que los restos de Flores no regresarían jamás al Paraguay. “Sic transit gloria mundi”.