Acaba de sorprendernos con un decreto que establece la semana laboral de ¡12 horas! Los funcionarios públicos solo trabajarán los lunes y martes de 8:00 a 14:00. Es decir, trabajarán nada más que seis horas por día y el resto podrán quedarse en sus casas a disfrutar de la vida en familia, las ruedas de amigos y algún que otro concurso de truco o lo que se juegue en Venezuela.
Aunque no se crea, con esta medida espera ahorrar el uso de la corriente eléctrica cuya producción ha llegado a límites catastróficos debido a una larga sequía. La falta de lluvias ha hecho que el principal embalse de Venezuela, que produce alrededor del setenta por ciento de toda la energía que se consume en el país, haya llegado a bajos históricos (algo así como 2.40 metros sobre el nivel del mar) y mientras tanto cruza los dedos para que llueva, y pronto.
No deja de ser llamativo, tampoco, que el país que posee las reservas de petróleo más grandes del mundo, depende en su mayor parte de la fuerza hidroeléctrica mientras que las centrales térmicas solo producen un 25 por ciento.
Por lo visto, la naturaleza ha sido pródiga por un lado, dotándola de tales yacimientos de hidrocarburos, pero muy parca por el otro, ya que se niega a llover. Dicen que Maduro está tranquilo pues la temporada de lluvias está a punto de comenzar en el mes de mayo y calcula que este fenómeno se producirá quiérase o no. Su esperanza es que la naturaleza acuda en su ayuda sin que no haya declarado hasta el momento, que tal sequía es obra del Imperio que ha procedido a succionar las nubes que podrían estacionarse en los cielos venezolanos. O quizá solo sea cuestión de esperar que se le ocurra este argumento y se ponga a vociferar por la cadena obligatoria de estaciones de radio y canales de televisión.
Mientras tanto, el país es azotado no solo por la sequía, sino por una espantosa crisis económica que arroja como resultado una inflación del 180 por ciento y, de no aplicarse medidas de emergencia, esa inflación trepará al 500 por ciento en los próximos meses. El país reúne ya todas las condiciones para revivir aquellos años de la Alemania de 1923, cuando la inflación era tan grande y avanzaba con tal velocidad, que los trabajadores cobraban dos veces por día, ya que lo ganado por la mañana no valía nada por la tarde. Para cubrir la necesidad de dinero los billetes se imprimían por una sola cara, pues no había tiempo para hacerlo por las dos. Este desastre terminó siendo una de las principales causas de que el nazismo ganara fuerza y más tarde ganara el poder. Alguno habrá por ahí que diga que no hay peligro porque Hitler era de derechas y Maduro de izquierdas (por lo menos él cree que lo es). Pero entre uno y otro extremo ninguna diferencia hay. Ambos utilizan los mismos métodos, las mismas ideas, cometen los mismos abusos, caen en las mismas extralimitaciones.
Por último, sería bueno que algún economista, o un sociólogo, o en última instancia algún psiquiatra, explicara de qué manera se puede sacar al país de la ruina haciendo que la gente no trabaje. Justo cuando es necesario que la gente se proponga a aumentar la producción de bienes, cuando es necesario que todos se empeñen en satisfacer todas las enormes necesidades que está sufriendo ese pueblo, víctima de la macabra idea del “socialismo del siglo XXI”, su conductor, y Maduro lo es en ambos sentidos, manda a todos a su casa a rascarse el ombligo.
Vaya la experiencia que nos ha regalado Chávez: mandó a la quiebra no solo a su país, sino puso todo su empeño en hacer lo mismo con varios otros para cumplir, según él, con el sueño de “la patria grande” de Bolívar. Y atrás de él, toda una legión de tontos creyéndole.
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