Globalización de la mafia

Este artículo tiene 8 años de antigüedad

Hay un antes y un después del asalto a Prosegur en Ciudad del Este. Antes, algunos delincuentes temían a la policía, se cuidaban de toparse con ella, y si tenían la mala suerte de ser capturados, existía un margen de la negociación para llegar a un arreglo. Pero solo después de ser descubiertos.

Ahora ya no existe motivo alguno para que los delincuentes teman a la policía porque es evidente que las negociaciones se hacen previamente, antes del atraco, para llegar a un acuerdo amistoso. No sé muy bien si los delincuentes convierten a los jefes policiales en socios de sus “empresas” o si los capos de la “cana” deciden asociarse a ellos frente a determinados planes.

En resumen, ya no existe hoy el temor de antes porque ahora se puede negociar, inclusive distribuirse los roles que pueden ir de simples brazos caídos hasta correr riesgos de ser implicados, a sabiendas de que con un poco de cuidado el castigo no pasa de un simple traslado, sin mayores exigencias.

Si los delincuentes pasan al otro lado y ahí tropiezan con inconvenientes, tal como efectivamente lo tuvieron los asaltantes de Prosegur, eso ya es harina de otro costal... por el momento. Es decir que no existe aún solución a este tipo de problemas ya que la Policía Nacional no puede garantizar lo que pueda ocurrir fuera del territorio nacional.

Nadie discute la diferencia de equipamiento de hoy día entre los bandidos y la policía. Los primeros superan casi siempre ampliamente a nuestros “custodios del orden”, quienes en plena refriega se vieron obligados, en el caso Prosegur, a ahorrar proyectiles, disparando menos o buscando a los mejores tiradores para no desperdiciar balas.

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Enterados de esta pobreza policial, los delincuentes planearon sitiar el área de Ciudad del Este para una tarea que implicaría horas de trabajo, no de segundos ni minutos como fueron los “golpes del siglo”, para huir cuanto antes de la zona.

Exageraron con el equipamiento, es cierto, pero solo para evitar sorpresas y asegurar la misión, todo lo cual evidentemente contaron con el contraseguro de un acuerdo al interior del organismo vigilante que les garantice una huida cómoda y segura hasta salir del país. ¿Qué más podría hacer la policía por estos prójimos perseguidos?

En consecuencia, el paradigma de hoy para planear un megaasalto exitoso radica en tres factores:

1. Superar en equipamiento a la policía local (lo cual no es difícil).

2. Lograr un pacto con la policía para asegurar la huida (lo cual tampoco es imposible), y

3. Contar con que no se autorizará la movilización militar para reforzar el operativo de respuesta.

Felizmente, por el momento la mafia no tiene en vigencia ningún plan similar al “Operativo Cóndor” que tuvieron las dictaduras militares para el secuestro, prisión y desaparición de prisioneros políticos, con el fin de un posterior intercambio. El día que las mafias fronterizas lleguen a conformar un convenio similar, posiblemente ya no habrá lanchas, patrulleras y helicópteros policiales y militares del otro lado de la frontera esperando capturar a quienes huyen de un reciente atraco desde el otro lado del río.

Mientras nosotros discutimos si la falta de municiones es culpa del jefe de comisaría o de los parlamentarios contreras que niegan recursos a la institución de seguridad, la transnacional de la mafia va perfeccionando su método y llegará el tiempo en que los de acá ayudarán a los de allá, y viceversa –como ya está ocurriendo con el narcotráfico desde hace mucho– para luego hacer una rapartija democrática del botín. Pero a más de balas, necesitamos, honestidad en la función pública, y sobre todo en la Policía Nacional, donde además urge mayor profesionalismo y compromiso para combatir la delincuencia.

ebritez@abc.com.py