Houston, tenemos un problema

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El aforismo de que a veces un árbol no nos deja ver el bosque tiene vigencia en distintas esferas de la vida cotidiana personal o social. En la convivencia política, por ejemplo, estamos tan ocupados con las peripecias de los enfrentamientos internos partidarios, las pujas entre los líderes públicos y los debates sobre problemas coyunturales que no hay tiempo para tratar de ver y analizar el país como un todo.

“Houston, tenemos un problema”, diría el astronauta de Apolo 13, si viese con ojos críticos lo que nos sucede como nación, no solo en el presente sino desde hace décadas. Como decía la inolvidable Mafalda, de Quino, las cosas urgentes no nos dejan tiempo para las importantes.

A ver si nos explicamos. El sistema político nos obliga a realizar elecciones generales, comunales y partidarias cada dos años y medio, razón por la cual apenas concluye un proceso, ya debemos empezar los preparativos del siguiente. La alta rotación de planes de gobierno y de líderes políticos acapara nuestra atención y energías para el proselitismo y las pugnas electorales.

Si pudiéramos ver el país desde una nave espacial en rotación, constataríamos que de tanto en tanto se cambian algunas caras en cargos importantes y se reemplazan banderas en algunos mástiles, pero en lo fundamental la sociedad no cambia.

Desde hace siglos, hay una minoría que controla el poder político; un segmento reducido de la población concentra la propiedad de la tierra y de los bienes de producción; un tercio de la ciudadanía sobrevive en la pobreza, con muy bajo nivel de educación; la mayoría de la gente no tiene un trabajo formal, legal, con seguro social y médico incluido; a nivel continental, seguimos figurando en los últimos lugares del índice de desarrollo humano.

Desde esta perspectiva macro, da lo mismo que gane Aliana o Marito en la ANR, que se condidate Pfannl o Mario en el PLRA, que Lugo se alíe con Calé o que De Vargas sea reemplazado por Sapriza. ¿Dónde está la diferencia entre Llano y Oviedo Matto? Los periódicos cambios dentro del sistema no alteran el curso de la historia; solo nos venden la ilusión de que algo va a cambiar.

Pese a esta limitación sistémica, no estamos eternamente condenados a repetir nuestros errores. Otras naciones que han estado en situaciones peores que la nuestra, han logrado salir a flote. No es fácil, pero tampoco es imposible. Es cuestión de apostar fuerte por la educación de la ciudadanía, formar profesional y éticamente a los líderes del futuro e ir mejorando la puntería a la hora de elegir a los gobernantes.

Necesitamos políticas de Estado con objetivos a mediano y largo plazo. No hay que inventar nada. Las fórmulas ya fueron probadas en otros países. Debemos contar con gobernantes que miren lejos, que inicien el recorrido del nuevo sendero y que tengan la capacidad de convencer a la ciudadanía y a sus sucesores en el poder de que deben continuar el sendero iniciado. Bueno, es fácil decirlo; es muy difícil encontrar esta clase de líderes en nuestra huerta casera. Algún día tendremos esa nueva generación; hay que seguir sembrando semillas con dicho propósito.

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