El nuevo Ministro de Educación y Cultura, Dr. Enrique Riera y su equipo han manifestado explícitamente su decidida voluntad de dialogar con los jóvenes, los gremios docentes y toda la ciudadanía y sumarse a la tarea de mejorar lo más urgentemente posible el estado de la educación.
Distintos grupos y equipos están ya en acción, las expectativas de jóvenes, padres y ciudadanos son muy altas, el tiempo es escaso, los costos de lo que hay que hacer son extraordinarios y la responsabilidad de eficacia y eficiencia está fuertemente presionada.
En estas circunstancias el activismo no será suficiente, es necesario identificar claramente qué educación es la que queremos y consecuentemente planificar bien los programas que la puedan lograr. Probablemente esta identificación sea el mayor de todos los desafíos, porque hoy en todas partes, en todos los países, para todos los niños, adolescentes, jóvenes y adultos se necesita una educación muy diferente a la que se ha venido ofreciendo hasta ahora.
Para identificar la educación que queremos es necesario contar con todos. Así se vio y se dijo desde el principio de la Reforma Educativa: “La educación es compromiso de todos”. Después, en la última planificación presentada por la hoy exministra Marta Lafuente se dijo más: “La educación es tarea de todos”. Ambas expresiones son consecuencia del mandato de la Constitución Nacional que en el artículo 75 dice que “la educación es responsabilidad de la sociedad”.
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Todos los ciudadanos tenemos derecho a opinar sobre la educación que queremos y hay que encontrar el modo de recoger esas opiniones para poder conocerlas e incorporarlas en la medida en que no sean contradictorias; hay que buscar los consensos en oportunidades de diálogo constructivo, puesto que se trata de construir un proyecto, un plan de educación que responda a las necesidades, a las posibilidades y a las expectativas de todos; y si no es posible que coincidamos todos, al menos que satisfaga a la gran mayoría.
La opinión de todos tiene que contar con la opinión de los especialistas, puesto que planificar la educación requiere conocimientos profesionales de alto nivel, que tienen las personas competentes en las ciencias y prácticas de la educación. Si estas opiniones de expertos siempre han sido necesarias, hoy lo son más, porque la complejidad de la problemática educativa es cada día más densa y los recursos científicos, tecnológicos, intelectuales y materiales son cada vez más desafiantes. Si en Dakar se reunieron durante una semana, a fines de este año pasado, mil quinientos especialistas de máximo nivel, para asesorar a representantes de cien países, con el objetivo de identificar qué hacer para actualizar e innovar la educación, no esperemos nosotros que con sólo la opinión de las bases podemos tener elementos suficientes para identificar y decidir qué debemos, qué queremos y qué podemos hacer.
Tenemos que decidir qué tipo de hombre y mujer, de individuo o persona, de sujeto pieza para la producción o sujeto con autonomía y capacidad de opciones creativas queremos formar. Es decir, con la ayuda de la antropología pedagógica integral tendremos que identificar el sentido y objetivo central de nuestra educación.
Pregunta semejante nos plantea la necesidad de identificar qué tipo de sociedad queremos para el futuro y por eso estamos obligados a exigirle a nuestros políticos y sociólogos planificadores del país que nos digan cuál es el proyecto de país que los paraguayos tenemos para nuestro futuro. Los educadores, oído el parecer de todos, tendremos que recurrir a la sociología pedagógica para poder planificar la tarea educativa que nos conduzca hacia ese objetivo compartido.
Simultáneamente con la antropología y la sociología educativas es imprescindible definir nuestra filosofía de la educación. ¿Qué es para nosotros, hoy, educar? ¿Por qué educar y por qué educar así? ¿Para qué? ¿Cómo, es decir, con qué principios filosóficos, qué valores, qué ética propondremos?
Si no identificamos a dónde queremos llegar, cómo y por qué, el esfuerzo será estéril.
jmonterotirado@gmail.com