Inocentes pagarán

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La noticia de la horrible muerte de Iluminada conmovió al país. La fotografía en la escuela de la niña refuerza la impotencia y el dolor de no poder volver atrás y evitar la desgracia. Los medios masivos participan, según los datos que puedan obtener, pero el resto queda para las profundidades de nuestra conciencia. La primera reacción de la gente fue la de espanto, luego indignación, rabia y condena. Después de lo peor, siempre hay que dar el último paso hacia la reflexión.

Las preguntas nacen una tras otra: “¿Por qué?”, “¿por qué Dios permite que pase esto?”, “¿por qué la justicia no previene estos asesinatos?”. En realidad, las respuestas existen y dependen de nuestra preparación, disposición y aceptación para hallarlas, aunque no coincidan con lo que pensamos o sentimos primero. Vivimos en una sociedad de bajos instintos, algo difícil de asimilar, y más de enfrentar. El remedio que propone la masa es matar y torturar al culpable, pero esto solo acabaría con personas, no con el verdadero problema. Exigimos más cárceles y endurecer las penas; es justo, pero no previene otros casos. Ciertamente, nadie nos ayuda a ver la otra cara de la moneda; seguimos sin estudios serios a nivel local sobre las causas de la multiplicación de los asesinatos. El feminismo lanza la primera piedra y sentencia que este crimen ocurrió “porque era mujer”, pero hay, y urgen, otras miradas completas. Es innegable que Paraguay arrastra muchas enfermedades físicas, psíquicas, espirituales; tenemos tantas carencias, y muchas de ellas son producidas por la miseria, principalmente la económica, la falta de trabajo (de realización), las deudas, el sentirse inútil y fracasado en la vida sentimental. Además, vaya a saber cuántos traumas lleva la gente, y no hay políticas públicas para trastornos y locuras. Para vengarse del sentimiento de inferioridad que carcome, muchos caen en el suicidio o en el asesinato. Medidas extremas, ya al borde del abismo.

La miseria paralizante, que directa o indirectamente nos llega al común, es la principal generadora de odio por la vida, la propia y la de los demás. Algunos logran sobrellevar su amargo destino hasta el final con cierta honestidad, pero ya vemos cuántos no lo hacen y apuestan al robo, las adicciones, el crimen, la violación, la violación por resentimiento, la ira…

Iluminada era pobre, como todos los niños no pensaba en la muerte, vivía en una casa precaria, se criaba con una tía y no con sus padres. Hay millones de niños en esta misma situación. Tocar una criatura indefensa es la alarma, el color rojo que nos indica la debacle social.

La creciente criminalidad demuestra que el Gobierno no tiene ningún plan para combatirla; que los líderes religiosos condenan desde el púlpito, pero no llegan efectivamente a las zonas más necesitadas. Por su parte, el ciudadano medio maldice y se encierra en su casa, su clase, su mundo, para resguardarse.

Los más terribles crímenes nunca son explicados para la gente por ningún psiquiatra o entendido de la conducta humana, y ¡qué falta hace! para entender, para poder dimensionar todas las enfermedades y trastornos que estamos creando en las familias, es decir, en la sociedad paraguaya.

lperalta@abc.com.py