06 de Febrero de 2012
¿Integración latinoamericana o ciénaga oculta?
Después de las hazañas de Itaipú, Yacyretá y Ushuaia II, aunque nos juren el respeto de nuestra soberanía, no creeremos. Nunca más podremos los paraguayos pensar que el abrazo que implica la integración con naciones latinoamericanas (Mercosur, Unasur, Banco del Sur, etc.) están concebidos de buena fe. Antes bien cabe pensar, sin miedo a errar, que el camino de la integración que puedan ofrecernos nos conducirá a la ciénaga donde conviven las alimañas.
Las palabras de la señora Secretaria de Unasur, María Emma Mejía, y las del Asesor del Tribunal Electoral, señor Ljubetic, y la conducta predatoria y obstruccionista de nuestros vecinos en relación a los derechos y al comercio del Paraguay, increíblemente toleradas y aceptadas por nuestros gobiernos, si son interpretadas a la luz de la doctrina básica de la integración, no son sino afilados instrumentos de penetración geopolítica prácticamente quirúrgicos.
En la jerga de los partidarios de la integración, concebida en Latinoamérica como réplica de la formación de la Unión Europea, adoptada como modelo, la globalización y el libre mercado hicieron necesario mejorar la posición negociadora de los países latinoamericanos, frente a otros Estados, pues la integración regional permitiría afianzarla como bloque, de donde nace una necesidad funcional en cada uno de ellos. El impulso integrador de cada Estado nace como oportunidad de aumentar el bienestar de sus ciudadanos. Para ello la teoría funcionalista de las relaciones internacionales parte de la premisa de la incapacidad del Estado moderno de satisfacer las cada vez más complejas necesidades nacionales, para lo cual propone la creación de una red de organizaciones internacionales que asumen la gestión de sectores concretos (la energía, la defensa, la agricultura, y por supuesto el control y seguridad de las democracias, vg. el control del sistema electoral como relata el señor Ljubetic, partícipe del proyecto con la Corte Suprema de Justicia Electoral del Paraguay, un conocido instrumento de las cúpulas de los partidos a los que están afiliados sus componentes).
La red de organizaciones internacionales (Unasur; Mercosur; Bancosur etc.) forma lo que denominan los integracionistas un sistema aterritorial de transacciones, encargado de satisfacer, con la colaboración de los gobiernos estatales, las necesidades de los ciudadanos. Se produce una paulatina transferencia de las lealtades desde los estados hacia las distintas organizaciones supranacionales. Estas son palabras extraídas de textos clásicos de la doctrina de la integración.
Debo asumir el riesgo de aburrir a los lectores, pero es indispensable. Este es un partido que juega el Paraguay, como Nación, no la Albirroja. Ya en 1991, 20 años atrás, firmaba el Paraguay (Andrés Rodríguez y Alexis Frutos Vaesken) el Tratado de Asunción en cuyos considerandos, después de invocar el precedente de ALADI (1980), se expresaban las metas de "la ampliación de las dimensiones de los mercados nacionales a través de la integración para acelerar sus procesos de desarrollo económico con justicia social; la inserción de los países a los grandes espacios económicos, etc., etc.".
No se percibía entonces la intención de penetrar en los países más débiles o más chiquitos, como diría la señora Mejía, para gobernar sus instituciones, sus democracias, sus elecciones, sus recursos naturales, su libertad, o como diría la Carta del Unasur, un organismo de carácter regional que pretende construir una identidad y ciudadanía suramericanas y desarrollar un espacio regional integrado, en que el proyecto de integración regional tiene como objetivos construir de manera participativa y consensuada un espacio de integración y unión en lo cultural, social, económico, y político entre sus integrantes, utilizando el diálogo político, las políticas sociales, la educación, la energía, la infraestructura, la financiación y el medio ambiente para eliminar la desigualdad socioeconómica, lograr la inclusión social, la participación ciudadana y fortalecer la democracia (Wikipedia, Unasur).
El Paraguay aprobó el Tratado del Unasur el 11 de agosto de 2011. La Cámara de Diputados aprobó el proyecto. O lo que es lo mismo, seis meses atrás, el Congreso -integrado por los partidos y movimientos que gobiernan el Paraguay con el Ejecutivo, conformado por la izquierda radical, la conservadora, y una Vía Láctea de movimientos políticos- aprobó el ingreso a la Unasur.
Unasur envía a la señora Mejía para decirnos: los firmantes del protocolo Ushuaia II lo aceptaron "para proteger la democracia de los países chiquitos"; "que el Unasur debe obrar en conjunto para que Paraguay ejecute políticas con sus recursos naturales y la defensa de los mismos"; "que existen ambiciosos proyectos del bloque prosocialista para instalarlos en los países que integran la asociación"; "que la democracia es el elemento más importante para las naciones"; "que no hay integración sin democracia"; que "a los chiquitos de nuestros países debemos proteger LO ÚNICO QUE ES SU BIEN, QUE ES LA LIBERTAD". El señor Ljubetic, en nombre del Superior Tribunal de Justicia Electoral nos anuncia: "se está elaborando un proyecto para aprobar la observación internacional del organismo (proyecto de estatuto del Consejo Electoral del Unasur y manual de acompañamiento y observación electoral) en el que se establecerán el nivel de participación, hasta qué punto puede llegar, cuáles son las funciones que puede y no puede hacer un país extranjero (sic) para NO VIOLAR LA SOBERANÍA". El lector sabrá disculparme si soy malpensado sin razón para serlo, pero veo la vertiginosa pérdida de nuestra independencia y soberanía que transferimos a una red de organizaciones internacionales DIRIGIDA POR ESTADOS EXTRANJEROS, y me baso en el texto de USHUIA II, cuyo protocolo se basa en el proceso de integración, al extremo de que dice: "que el compromiso con la promoción, defensa y protección del orden democrático, del estado de derecho y sus instituciones, de los derechos humanos y las libertades fundamentales para el desarrollo del proceso de integración y para la participación en el MERCOSUR". Si tal situación no merece una respuesta rápida de nuestro Congreso, A PESAR DE LAS PALABRAS BONITAS, será la admisión de que el Paraguay ha caído en la más siniestra ciénaga de su historia, mucho peor que la Guerra Grande, y los partidos políticos deberán admitir el fracaso de SU monopolio del poder político. Nos veremos obligados los paraguayos a admitir que al desaparecer la dictadura desapareció el sol que permitía la gravitación de su sistema nefasto, y no se ha logrado que el Gobierno del Paraguay esté dirigido y orientado por otro sol que le sustituya.
Las palabras de la señora Secretaria de Unasur, María Emma Mejía, y las del Asesor del Tribunal Electoral, señor Ljubetic, y la conducta predatoria y obstruccionista de nuestros vecinos en relación a los derechos y al comercio del Paraguay, increíblemente toleradas y aceptadas por nuestros gobiernos, si son interpretadas a la luz de la doctrina básica de la integración, no son sino afilados instrumentos de penetración geopolítica prácticamente quirúrgicos.
En la jerga de los partidarios de la integración, concebida en Latinoamérica como réplica de la formación de la Unión Europea, adoptada como modelo, la globalización y el libre mercado hicieron necesario mejorar la posición negociadora de los países latinoamericanos, frente a otros Estados, pues la integración regional permitiría afianzarla como bloque, de donde nace una necesidad funcional en cada uno de ellos. El impulso integrador de cada Estado nace como oportunidad de aumentar el bienestar de sus ciudadanos. Para ello la teoría funcionalista de las relaciones internacionales parte de la premisa de la incapacidad del Estado moderno de satisfacer las cada vez más complejas necesidades nacionales, para lo cual propone la creación de una red de organizaciones internacionales que asumen la gestión de sectores concretos (la energía, la defensa, la agricultura, y por supuesto el control y seguridad de las democracias, vg. el control del sistema electoral como relata el señor Ljubetic, partícipe del proyecto con la Corte Suprema de Justicia Electoral del Paraguay, un conocido instrumento de las cúpulas de los partidos a los que están afiliados sus componentes).
La red de organizaciones internacionales (Unasur; Mercosur; Bancosur etc.) forma lo que denominan los integracionistas un sistema aterritorial de transacciones, encargado de satisfacer, con la colaboración de los gobiernos estatales, las necesidades de los ciudadanos. Se produce una paulatina transferencia de las lealtades desde los estados hacia las distintas organizaciones supranacionales. Estas son palabras extraídas de textos clásicos de la doctrina de la integración.
Debo asumir el riesgo de aburrir a los lectores, pero es indispensable. Este es un partido que juega el Paraguay, como Nación, no la Albirroja. Ya en 1991, 20 años atrás, firmaba el Paraguay (Andrés Rodríguez y Alexis Frutos Vaesken) el Tratado de Asunción en cuyos considerandos, después de invocar el precedente de ALADI (1980), se expresaban las metas de "la ampliación de las dimensiones de los mercados nacionales a través de la integración para acelerar sus procesos de desarrollo económico con justicia social; la inserción de los países a los grandes espacios económicos, etc., etc.".
No se percibía entonces la intención de penetrar en los países más débiles o más chiquitos, como diría la señora Mejía, para gobernar sus instituciones, sus democracias, sus elecciones, sus recursos naturales, su libertad, o como diría la Carta del Unasur, un organismo de carácter regional que pretende construir una identidad y ciudadanía suramericanas y desarrollar un espacio regional integrado, en que el proyecto de integración regional tiene como objetivos construir de manera participativa y consensuada un espacio de integración y unión en lo cultural, social, económico, y político entre sus integrantes, utilizando el diálogo político, las políticas sociales, la educación, la energía, la infraestructura, la financiación y el medio ambiente para eliminar la desigualdad socioeconómica, lograr la inclusión social, la participación ciudadana y fortalecer la democracia (Wikipedia, Unasur).
El Paraguay aprobó el Tratado del Unasur el 11 de agosto de 2011. La Cámara de Diputados aprobó el proyecto. O lo que es lo mismo, seis meses atrás, el Congreso -integrado por los partidos y movimientos que gobiernan el Paraguay con el Ejecutivo, conformado por la izquierda radical, la conservadora, y una Vía Láctea de movimientos políticos- aprobó el ingreso a la Unasur.
Unasur envía a la señora Mejía para decirnos: los firmantes del protocolo Ushuaia II lo aceptaron "para proteger la democracia de los países chiquitos"; "que el Unasur debe obrar en conjunto para que Paraguay ejecute políticas con sus recursos naturales y la defensa de los mismos"; "que existen ambiciosos proyectos del bloque prosocialista para instalarlos en los países que integran la asociación"; "que la democracia es el elemento más importante para las naciones"; "que no hay integración sin democracia"; que "a los chiquitos de nuestros países debemos proteger LO ÚNICO QUE ES SU BIEN, QUE ES LA LIBERTAD". El señor Ljubetic, en nombre del Superior Tribunal de Justicia Electoral nos anuncia: "se está elaborando un proyecto para aprobar la observación internacional del organismo (proyecto de estatuto del Consejo Electoral del Unasur y manual de acompañamiento y observación electoral) en el que se establecerán el nivel de participación, hasta qué punto puede llegar, cuáles son las funciones que puede y no puede hacer un país extranjero (sic) para NO VIOLAR LA SOBERANÍA". El lector sabrá disculparme si soy malpensado sin razón para serlo, pero veo la vertiginosa pérdida de nuestra independencia y soberanía que transferimos a una red de organizaciones internacionales DIRIGIDA POR ESTADOS EXTRANJEROS, y me baso en el texto de USHUIA II, cuyo protocolo se basa en el proceso de integración, al extremo de que dice: "que el compromiso con la promoción, defensa y protección del orden democrático, del estado de derecho y sus instituciones, de los derechos humanos y las libertades fundamentales para el desarrollo del proceso de integración y para la participación en el MERCOSUR". Si tal situación no merece una respuesta rápida de nuestro Congreso, A PESAR DE LAS PALABRAS BONITAS, será la admisión de que el Paraguay ha caído en la más siniestra ciénaga de su historia, mucho peor que la Guerra Grande, y los partidos políticos deberán admitir el fracaso de SU monopolio del poder político. Nos veremos obligados los paraguayos a admitir que al desaparecer la dictadura desapareció el sol que permitía la gravitación de su sistema nefasto, y no se ha logrado que el Gobierno del Paraguay esté dirigido y orientado por otro sol que le sustituya.






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