La meta es el poder, mantenerlo como herramienta para conservar los privilegios, las prebendas, los negocios con el Estado, todo en nombre de la democracia “representativa” y “participativa”, donde la única representación es la de los dueños de los partidos, los famosos “partido jara”, y la “participación” se limita a la repartija de cargos y de recursos públicos.
Es la hora también de los operadores políticos rentados, pagados con recursos públicos. Un ejército de acomodados en los entes del Estado disfrazados de funcionarios, asesores, especialistas, comisionados, que “trabajan” en favor de los padrinos políticos que los ubicaron en los puestos.
Qué extraña es esta forma de hacer política, que posibilita el reciclado sin solución de continuidad a piratas de toda laya; a los ladrones del presupuesto, a quienes en su gestión demostraron que son corruptos e ineficientes, a los que mintieron y mienten, a los estafadores de la confianza del pueblo, a quienes amasaron fortunas estando en cargos públicos.
Los partidos políticos son la herramienta para acceder al poder y el ideal de la política es el bien común; nada más alejado de nuestra realidad. En este perverso juego de intereses y pulseadas, valores deseables en toda democracia son relegados y subordinados a las componendas y los arreglos de mejor provecho para los oportunistas e inescrupulosos.
No debe extrañarnos, entonces, la dificultad que tenemos como nación para salir del pozo al que nos arrastra esta forma de hacer política y con la que estamos domesticados.
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