Recurrir a las multitudinarias concentraciones con asistencia obligatoria de funcionarios públicos, la destitución de funcionarios infieles al movimiento en el cual milita el jefe de turno y el nombramiento en su reemplazo de operadores leales a la causa, sin idoneidad ni mérito, son algunas de las prácticas que vienen cruzando la frágil frontera en la memoria entre el pasado y el presente.
A todo ello puede sumarse aún el descuento obligatorio de sueldos de funcionarios afiliados para la tesorería del partido, el intento de armar sucursales de empresas del Estado en seccionales coloradas, premios o castigos a uniformados de acuerdo con el grado de lealtad, o al compromiso con la traición al movimiento.
Hay más. La vuelta al liderazgo indiscutible, las múltiples formas de confundir al partido con el Estado y lemas acuñados durante el stronismo, como “en la democracia manda la mayoría”, “hacer apología del delito” y prácticas abusivas que en dictaduras puras pasan casi desapercibidas pero en dictablandas caen en ridículo, como detener vehículos de manifestantes para evitar el ejercicio de sus derechos ciudadanos.
Durante el stronismo, por ejemplo, hicieron desviar un vuelo internacional para evitar el desembarco de un personaje relevante del exterior que venía a solidarizarse con un perseguido; no dejaban desembarcar a paraguayos que fueron a “hablar mal del Paraguay” en el exterior e impedían a camiones de nuestro diario realizar a tiempo el reparto del periódico.
Y para no perder la costumbre, el infaltable “pedido del pueblo, sin mover un solo dedo”, tal como decía el “único líder”. Igualito. Es como si el pasado estuviera habitando en nosotros o nosotros en él, esperando que suceda lo que ya sabemos sucedió antes aquí, o recientemente por aquí cerca, con la otra forma de dictaduras vecinas.
¿No hay nada que hacer para evitar la enmienda porque ya están los votos?
Claro que hay mucho por hacer; es más casi nada se hizo aún para frenar la ambición enfermiza de políticos pro-dictadura y pro-impunidad, ladrones y asaltantes a cara descubierta. La manifestación de anteayer apenas fue una picardía de esta gente que prestó escenario y “su pueblo” para que la ciudadanía hablara.
Pero la ciudadanía no solo debe hablar; debe discutir desde ahora el mecanismo más efectivo de echar a patadas a todos aquellos que usurparon la representación política y no permite con sus listas sábana que la política sea ejercicio de virtudes y talentos, en vez de vicios y depravaciones.
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