La dinastía Ortega

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SALAMANCA. El triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos, el martes 8, hizo que pasaran totalmente desapercibidas las elecciones que dos días antes, el domingo 6, en Nicaragua, llevaron a la presidencia, por cuarta vez, a Daniel Ortega, el antiguo líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que en julio de 1979 puso fin al gobierno de la dinastía Somoza y culminó con el asesinato de este en Asunción el 17 de septiembre de 1980.

No debe causar extrañeza que el triunfo de uno haya opacado el triunfo del otro, ya que el poder que pasará a manos de Trump hace temblar al resto del mundo mientras que el poder de Ortega no pasa de ser una minúscula mancha dentro del juego global de fuerzas. Pero hay algo que les acerca: la inestabilidad emocional de ambos enriquecida en el caso del nicaragüense por eso que en América se ha dado en llamar “realismo mágico”.

Daniel Ortega sufrió cárcel y tortura bajo el gobierno de Somoza y terminó sumándose a unas fuerzas revolucionarias creadas tiempo atrás por César Fonseca Amador, reivindicador de las ideas de otro luchador, César Augusto Sandino, asesinado por orden de Somoza padre. Miembro importante del sandinismo, Ortega ocupó la presidencia de Nicaragua en 1979 después del triunfo de la revolución. Su periodo se prolongó hasta 1990 y luego retomó el cargo en 2007 hasta nuestros días. Su carrera es importante tenerla en cuenta, no por sus logros y sus conquistas, sino por ser expresión genuina de ese delirio del poder tan propio de los políticos de nuestro continente.

Su triunfo en las últimas elecciones no fue, ni de lejos, una sorpresa. Todo lo contrario. Ortega se presentó como candidato único, sin oposición ya que meses atrás, a través de la Corte Suprema de Justicia le había retirado la representación de su partido a Eduardo Montealegre, que dirigía el opositor Partido Liberal Independiente. Como si fuera poco, cumplida esta primera etapa, la Justicia Electoral suspendió a todos los parlamentarios de esta agrupación política y del Movimiento Renovador Sandinista, también en la oposición. Ante este panorama, ni siquiera fue necesario realizar campañas proselitistas, ya que no había otro candidato. Posiblemente ni siquiera fue necesario contar los votos, pues de seguro las actas, con los resultados, estaban ya redactadas desde semanas atrás tal como ocurría en nuestro país en los años de la dictadura. Para lograr esta reelección, prohibida por la Constitución, hizo que se cambiara el artículo y en una segunda oportunidad hizo que la reelección fuera posible hasta el fin de los tiempos.

Hay que admitir, sin embargo, que Daniel Ortega es un hombre que sabe reconocer las lealtades y está pronto a premiar a aquellos que lucharon a su lado durante los años duros. René Núñez Téllez fue uno de esos hombres fieles, insobornables, que no le abandonó un solo instante. En premio, lo nombró presidente del Parlamento “por su capacidad de diálogo y consenso”. Nada que objetar. El pequeño problema que se presenta es que René Núñez Téllez está muerto lo que no fue obstáculo para que el Parlamento, en manos de los partidarios de Ortega, apoyaran el nombramiento por unanimidad, aplausos y vítores. ¿Qué problema hay?

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Este es el rostro que muestra el Movimiento Sandinista, el de aquellas banderas rojas y negras que ondeaban no solo en Nicaragua sino en los mitines del movimiento bolivariano ya fueran en Buenos Aires, Brasilia, La Paz, Quito o Caracas. Era el delirio de la izquierda latinoamericana que estrechaba filas en torno a sus figuras emblemáticas. Tardó algún tiempo para que por fin quedara claro, sin sombras de dudas, que Daniel Ortega, como muchos otros en diferentes lugares, luchó no para traer la libertad a su pueblo, sino luchó por derrocar una dictadura y poner en su lugar otra, la suya propia.

Aquella dinastía odiosa de la familia Somoza fue sustituida por la dinastía Ortega. Su esposa, Rosario Murillo, una iluminada, es su actual vicepresidente y los negocios del país, los grandes negocios, son manejados por sus hijos. Entre ellos Laureano Ortega que se asoció con un chino para construir un canal del Atlántico al Pacífico a través del país con un costo de 50.000 millones de dólares. El chino es el único miembro de la empresa y su razón social figura en un paraíso fiscal del Caribe. Buen panorama para elecciones, reelecciones y enmiendas constitucionales.

jesus.ruiznestosa@gmail.com