Una historia sin fin, la de un equipo que no demuestra avances, con otro torneo en el que descabalgó de la lucha antes de tiempo y un entrenador que exporta la impresión de no conocer el medio, ni su plantel, ni mucho menos a los rivales.
El inicio de Matosas disparó alguna esperanza tenue, para después recaer en grandes turbulencias que desembocaron en este presente en el que ni el grupo de jugadores ni el cuerpo técnico han brindado alguna señal de superación.
Una historia sin fin para una dirigencia que lo ha probado todo en menos de un año y medio, desde la ampulosidad y estridencia del clan Farías, acompañado bien de cerca por Pedro Aldave, o la corta pero tentadora historia copera de Gustavo Morínigo, hasta la energía de un Gustavo Florentín bien conocedor de la casa. Sin olvidar el corto interinazgo de Félix León, el último peldaño antes de la glamorosa llegada de Matosas, con un exitoso prontuario en el fútbol mexicano y dentro de un proyecto en el que reapareció con mucha fuerza la figura de un gerente deportivo, en esta permanente búsqueda de identidad en la era Zapag, que ya lleva ocho años en los que no se escatimaron erogaciones económicas de ningún tipo, aunque los cambios bruscos y las contramarchas estuvieron vigentes en todo momento.
La de Matosas es una más de esas historias capaces de desgastar en muy poco tiempo a entrenadores que llegaron con alfombra roja y su ascendencia sobre el plantel se desvaneció precozmente, como se puede comprobar en este presente en el que un buen futuro parece ser muy lejano, en el que el propio DT dice que le “hacen falta jugadores”, una confesión que puede tener un costo alto en varios sentidos.
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Claro que ver jugar a Alderete, Torales, Ruiz y otros exime sin ninguna duda del total de la condena al exvolante de la selección uruguaya, en una historia que parece no tener fin en Cerro, con el cuarto torneo local consecutivo en el que la gloria le dio la espalda.
federico.arias@abc.com.py