Tantas virtudes que sobresalen en una sola persona. En nuestro país se festeja más el día de la mamá; mientras que no tanto el día del padre, que será celebrado en junio.
Somos una sociedad matriarcal, quizás por las grandes guerras que tuvimos y que dejaron despoblada nuestra nación. Especialmente, después de la guerra del 70 en que el país quedó totalmente arruinado y las mujeres tuvieron que comenzar de cero para levantar la patria. Por eso, el papa Francisco no se cansa de alabar a la mujer paraguaya considerándola la más gloriosa de Latinoamérica y dice que se merece el Nobel de la Paz. En tiempos de guerras y de paz, ellas tuvieron que salir adelante con coraje y valentía. Tanto la mamá que sale a trabajar como la que se queda en el hogar tuvieron a su cargo, casi siempre, la educación de los hijos.
En estos momentos, en que se habla tanto de este tema, no está de más recalcar sobre el punto. Se menciona mucho la responsabilidad de niños y jóvenes que deben estudiar, pero se discute poco sobre el papel de los padres y los mayores en la tarea de educar.
La educación, entendida como la transmisión de valores éticos, morales y cristianos, debe provenir del hogar.
Es poco lo que maestros y directores pueden hacer si los chicos vienen de hogares que carecen totalmente de valores como el amor, el respeto, la solidaridad y la tolerancia.
Incluso, el deseo de estudiar y progresar en la vida debe ser incentivado por los progenitores. También ellos tienen que servir de contención emocional y guías espirituales para sortear los muchos obstáculos que encuentran los jóvenes en su entorno.
Hace días vino el representante de la Santa Sede en materia de educación, que dio interesantes charlas en la Universidad Católica. Dijo, entre muchas cosas, que la educación debe mirar al hombre por sobre todas las cosas. Y, naturalmente, nosotros pensamos que si no se cumple con ese objetivo, la educación no es tal, solo es un método para obtener un título y conseguir un trabajo.
Más todavía que la sociedad de consumo consume el cerebro y las neuronas de niños y jóvenes imponiéndoles modelos falsos y engañosos de lo que constituye el éxito en la vida. Les dice que compren tal celular, que luzcan cuerpos perfectos, que tomen tal bebida, que vayan a tal lugar o que vistan tal marca de ropa. ¿Qué hacemos los padres para luchar contra semejante perversidad? No hacemos nada. Trabajamos de día, de noche y de madrugada para darles todos los gustos que la publicidad les ofrece. ¿Nos hemos preguntado si eso está bien? No, porque también nosotros vivimos manipulados. Y estamos muy equivocados.
Después nos vienen las adolescentes embarazadas, problemas de drogas, homosexualismo, sida, delincuencia y tantas cosas más. Preferimos dar un celular de última generación que dar tiempo y amor. Preferimos dar dinero antes que contener y acompañar. Como decía el ya fallecido periodista argentino, Bernardo Neustad: “Claro que es más placentero estar haciendo el amor en un motel que estar en la casa educando a los hijos”. Una sentencia muy dura, pero real. Es hora de reflexionar sobre el rol de educadores que nos toca como papá y como mamá. Sobre todo como mamá, quienes somos las que educamos con el corazón.
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