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09 de Setiembre de 2018

 

La política y la verdad

Por J. Eduardo Ponce Vivanco (*)

En tiempos dominados por el convencimiento de que nuestra sociedad está corroída por la corrupción es vital que los políticos —ciudadanos públicos, a diferencia de nosotros— sean conscientes de la importancia vital de predicar con el ejemplo.

De no mentir tan mal como lo hacen. De tener presente que son juzgados por “los de a pie” a partir de sus actos, mucho más que de sus dichos. Porque son sus actos los que demuestran si cumplen lo que predican con la palabra; si aplican para ellos la misma vara con la que miden a los otros; si se rasgan las vestiduras por sus propias transgresiones o solo por las ajenas; o si la hipocresía está entre sus vicios principales, como parece. Son esos actos los que nos permiten saber “quién es quién” en esa casta tan venida a menos.

La corrupción es un problema de moralidad individual y social íntimamente vinculado con el respeto a la verdad. Con la decisión de actuar bien o mal en una situación determinada, y de asumir honorablemente las consecuencias. Claro que se puede optar por mentir, encubrir, inventar, exagerar u ocultar la verdad por conveniencia. Pero si los políticos se dedican a la vida pública y a competir por el poder con sus oponentes, están obligados a saber presentar la verdad adecuadamente, pero sin mentir. Su éxito personal y la aceptación del gobierno o partido que representan dependen de la credibilidad y respeto que ganen —o pierdan— por sus actos.

Es imperativo desterrar el puritanismo maximalista que cataloga como “mentirosos” a quienes mienten alguna vez y condena como corruptos a quienes hemos comprado una película copiada por informales. Lo “políticamente correcto”—tan diferente de “lo correcto”— no puede desligarse de las circunstancias que colorean el variado contexto en que se adoptan actitudes y toman decisiones políticas.

La percepción certera o realista de esa instantánea fotográfica determina los límites de la (virginal) “transparencia” en un ambiente secuestrado por la desconfianza absoluta. Un ambiente signado por la brutal polarización política en el que priman el maniqueísmo y la paranoia, alimentados por culpabilidades e inocencias establecidas a priori y fabricadas sobre la base de imágenes prefiguradas que identifican a unos con el mal y a otros con el bien. Clichés e imágenes construidos para ser referentes de la política, aunque estén moldeados por el barro de la mala fe y la conveniencia. Referentes que determinan alianzas y enemistades que ignoran el interés colectivo, en desmedro de la salud y desarrollo de la Nación.

Bajo este prisma deleznable se ha construido una política que vive para sí misma. Una política para los políticos. Viven tan ensimismados con su juego de espejos que no pueden asumir que su actividad ya no interesa al común de los mortales. Y en buena hora, porque a ello se debe que el país siga creciendo, y que sus mejores indicadores económicos sean la demanda y el consumo internos, no los precios internacionales de los minerales que exportamos.

Aunque sea ilusorio, una verdadera reforma política debería comenzar por un cambio fundamental en la actitud y el compromiso de nuestros políticos con el Perú que todos queremos. [©FIRMAS PRESS]

*Diplomático peruano.

 
 

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