La primitiva inseguridad

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Mucha gente deduce que la inseguridad es moneda común y corriente de nuestro tiempo o de estos días. La inseguridad es la falta de seguridad y el vocablo seguridad tiene un montón de acepciones.

Rescato de mi pequeño diccionario el alcance que tiene la palabra seguridad y encuentro, entre otros conceptos: calidad de seguro, certidumbre en la realización de algo y situación exenta de riesgo son algunos significados que tiene esa palabra. Le agregaría que la seguridad equivale a tener protección, quedar inmune, contar con un resguardo y estar defendido de algún entorno o escenario peligroso.

Es probable que la inseguridad en el Paraguay se haya originado ya con su mismo descubrimiento. Estimo el estado de incertidumbre que habrán entablado los nativos de este lugar al encontrarse con el portugués Alejo García y su troupe allá por el año 1524. Dos años más tarde llegaron los barcos españoles bajo el timón de Sebastián Gaboto y se comenta que las circunstancias no fueron nada tranquilas.

Hago el cálculo de que desde esa época se viene instalando en este país el estado de inseguridad. Una gente que ingresa a mi casa o territorio sin previo permiso, ya de entrada, origina un momento de inseguridad. Y en este Estado la falta de seguridad es un estado que se sufre todos los días. Y no es de hoy sino de miles de ayeres.

Hay varios nostálgicos que hasta dicen que en la brutal época de Alfredo Stroessner, con su jefe de Policía, su jefe de Investigaciones junto a sus bárbaros torturadores, sus perversos delegados de Gobierno, su cuatrinomio de oro, sus milicos perversos y sus chupamedias momentáneos se vivía con total tranquilidad. Con desempolvar las actividades del Operativo Cóndor se podrá orear toda la aparente tranquilidad.

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Con el viento norte que soplaba durante la época del Dr. Francia y con los aires desequilibrados del Mcal. López, quien no dejó tranquilos ni a sus hermanos y posibles chongas, el país también tuvo que soportar décadas de inseguridad.

Nadie podrá discutir la falta de seguridad que uno acarrea al viajar por las rutas de este país. Los alcoholizados, el mal estado de las añejas rutas asfaltadas junto al rápido deterioro de las nuevas pavimentadas, los animales que esperan en las rutas y los que se prenden al volante son equivalentes a peligros que laten a cada instante.

Los caballos locos que transmiten inseguridad en todas las calles de las ciudades asociados con los peajeros y pirañitas ofertan a cada ciudadano la cuota de peligrosidad.

Los narcos, afortunadamente, se trenzan entre ellos pero cualquiera puede circular aparentemente de manera tranquila entre el fuego cruzado que repentinamente puede ocurrir. Ante cualquier duda de este desazonado contenido podría comentarnos mejor algún calmoso parroquiano pedrojuanino u otro sereno transeúnte fronterizo.

Los motochorros ofrecen inseguridad a chorros y a las churras que andan con la cartera y los celulares revoloteando, ya que las mujeres son presas fáciles de estos motoqueiros que por el casco que usan correctamente ni facilita que se les haga un ligero y desastroso identikit. Abandonar un estadio de fútbol con alguna bandera y remeras del ganador equivale a empaparse de coraje y audacia para enfrentar a los que portan puñales y armas de fuego. La inseguridad es una de las cosas que no paran de crecer en este país.

Hasta los bueyes deben cambiar de hábitat y hasta pasan la noche en los dormitorios de los campesinos o amanecen más maniatados que pseudocomunistas de la era stronista.

Pedir auxilio en ciertas comisarías es asegurarse de mucha inseguridad. Es hasta normal ir a denunciar al oficial de policía que fue él quien nos desplumó minutos antes.

caio.scavone@abc.com.py