Como todo aquello que nace con un fin y crece fuera de control, el sedentarismo en la ciudad ha afectado física, mental y espiritualmente (espíritu como voluntad).
Es cierto que los gimnasios proponen cuerpos esbeltos y hay un multimillonario mercado en el ramo, no obstante, la mayoría de los que acuden lo hacen mucho más presionados por llegar a un patrón corporal exigido socialmente que por un cuerpo saludable (pero y además “levanto pesas, corro tantos kilómetros, hago 100 sentadillas, pero en casa no ayudo porque estoy cansado”). El gimnasio como moda no garantiza falta de obesidad, no combate al desgano ni la flacidez, no fortalece los huesos ni evita ataques cardíacos.
Los ancianos, criados con menos comodidades –lo que hoy llamamos “imprescindible”– conservan en muchos casos una actitud más vital que muchos niños y adolescentes nacidos en la era tecnológica.
La gran y simple pregunta es si se puede dejar de ser sedentario. En mi opinión, la respuesta no está en salir por completo (no podríamos) del sistema de vida moderno, sino en reconocer que el cuerpo no cambió y fue diseñado para el movimiento.
Todos los beneficios, en un solo lugar Descubrí donde te conviene comprar hoy
Para la gente que no considera ir a un gimnasio, hay buenas noticias: los viejos ejercicios siguen funcionando: limpiar la casa, subir y bajar escaleras, limpiar la maleza del jardín, acompañar a los niños pequeños en sus juegos, amasar, ir caminando al súper si queda a 10 cuadras, es decir, todas aquellas actividades físicas que tantos desdeñan, pueden revalorarse, hacerse en su justa medida (ya sin esclavizarse) y los beneficios llegarán.
El sedentarismo es un lento suicidio, una deslealtad al propósito de vivir. Copio para los lectores dos frases nutritivas: “Cuida de tu cuerpo y el resto se volverá automáticamente más fuerte” (Chuang Tzu), “Cuida de tu cuerpo con inquebrantable fidelidad” (Goethe).
lperalta@abc.com.py