Lo que esconde la violencia discursiva

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Ante la evidencia y hasta la flagrancia en la corrupción, muchos políticos al día de hoy siguen recurriendo al viejo truco de presentarse ante la opinión pública como perseguidos cuando quedan al descubierto. Es lo que está haciendo, por ejemplo, Lula en el Brasil, tras haber sido condenado la semana pasada en uno de nueve procesos; y es lo que hizo y sigue haciendo el otrora ministro-promesa Ramón Jiménez Gaona, cuando se detectan hechos irregulares en su gestión; hechos, que por cierto, han sido la constante últimamente.

El politólogo Mario Riorda se refiere a la excesiva dramatización como un factor “acelerador” de crisis. Él dice que asumir posiciones controversiales en el afán por simplificar una discusión no tiene reverso y genera un descenso en la calidad del mensaje.

Cuando el “superviaducto” estuvo en el ojo de la tormenta, tras ser mencionado en una investigación española de corrupción con ribetes internacionales, el ministro Ramón Jiménez Gaona no tuvo mejor idea que convocar a una conferencia de prensa para anunciar la demanda, no al lobista que usó su nombre para pedir “comisiones”, sino al director de este diario, por haber tenido sus periodistas el tupé de reproducir las publicaciones de El Mundo. Aquello no fue un acto de torpeza impulsado por sus lamebotas, como muchos creímos, sino una estrategia para presentar ante la opinión pública el escándalo como una “cuestión personal” entre él y el director de un diario, cuando la policía española estaba vinculándole nada menos que con un caso de corrupción internacional, tras habérsele invocado para pedir sobornos, comisiones, regalías, o como él prefiera llamarle. Con su lógica hay un interés personal detrás de cada hecho de corrupción replicado en los medios de comunicación.

Pues bien, esa estrategia, aunque pueda aparecer como una alternativa ante la urgencia de mitigar el escándalo, parte de la base de que se está tratando con ciudadanos y lectores torpes, negligentes, con poco sentido crítico y poca comprensión de los hechos, y que esos mismos ciudadanos solo son capaces de reaccionar ante la bajeza generada por funcionarios, a quienes, por cierto, les pagamos para responder las denuncias con argumentos, no con agresiones e insultos.

Aunque burda y atrasada, esa misma estrategia es la que utilizan Jiménez Gaona y su equipo para defender la licitación para la ampliación del Aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi. Un contrato, que si se concreta, pasará a la historia como el fato más documentado que se haya visto. No es un mérito de los periodistas que el negociado haya quedado al descubierto, es el grado de impunidad del que hacen gala sus ejecutores y que les impidió tomar el menor recaudo, al punto de llegar a estampar sus firmas en documentos de contenido falso.

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Antes del próximo arranque de histeria que garantice cobertura mediática, alguien debería hacerle el favor a Jiménez Gaona de recordarle que la sustancia de lo que se dice es mucho más importante que la forma en que se transmite el mensaje. Si no lo hace alguno de sus adulones, se lo recordamos humildemente desde este espacio.

pcarro@abc.com.py