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23 de Abril de 2019

 

López Obrador se equivoca sobre el suicidio de Alan García

Por Andrés Oppenheimer

¡Qué ironía! La trágica muerte del expresidente peruano Alan García cuando estaba a punto de ser arrestado por el escándalo de sobornos de Odebrecht es usada por presidentes de la vieja izquierda para afirmar que la corrupción es un subproducto de las economías “neoliberales”. De hecho, es exactamente lo contrario.

Lo cierto es que el escándalo de corrupción de Odebrecht nació, prosperó y se extendió a una docena de países durante los gobiernos populistas de izquierda de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010) y Dilma Rousseff (2011-2016).

Horas después de la muerte de García, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, tuiteó que lamentaba el suicidio de García “y todo alrededor del caso Odebrecht. La corrupción es la nueva peste del mundo. El neoliberalismo unió los negocios privados a los públicos. Urge separar el poder económico del político”.

¿En serio? La gigante firma de construcción brasileña pagó alrededor de US$ 800 millones en sobornos en varios países para obtener contratos gubernamentales entre el 2001 y el 2016, según la investigación del Departamento de Justicia de Estados Unidos.

Esa fue la época de oro de los gobiernos populistas de izquierda en América Latina. Y la mayoría de los sobornos de Odebrecht fueron a gobiernos de esa tendencia. Vean las cifras del Departamento de Justicia, basadas en las confesiones de los principales ejecutivos de Odebrecht:

- Mientras que Odebrecht pagó US$ 29 millones en Perú durante los gobiernos de centroderecha en ese país, la firma brasileña pagó US$ 349 millones en sobornos en Brasil durante los gobiernos de Da Silva y Rousseff.

- Odebrecht pagó US$ 98 millones en sobornos en Venezuela entre el 2006 y el 2015, durante el régimen de Hugo Chávez y su sucesor Nicolás Maduro. Eso es más de tres veces lo que la empresa constructora pagó en sobornos en Perú.

- Odebrecht pagó US$ 35 millones en sobornos en Argentina entre el 2007 y el 2014, durante el gobierno de Cristina Fernández.

- Odebrecht pagó US$ 33,5 millones en sobornos a Ecuador entre el 2007 y el 2016, durante el gobierno del presidente Rafael Correa.

En comparación, la constructora brasileña pagó US$ 11 millones en sobornos en Colombia y US$ 10,5 millones en México, cuando los dos países fueron gobernados por presidentes defensores del libre mercado.

“¿Qué tiene que ver Odebrecht con el “neoliberalismo?”, preguntó Francisco J. Monaldi, profesor de la Universidad Rice, refiriéndose al tuit de López Obrador. “Ese monstruo de corrupción tuvo su desarrollo durante el mandato de Lula y el PT en Brasil, y su segunda mayor expresión en la Venezuela de Chávez”.

Parte de la razón de que los medios estén hablando tanto del caso Odebrecht en Perú, y tan poco del este escándalo en otros países que recibieron muchos más sobornos, es que los fiscales peruanos han lanzado una drástica ofensiva contra la corrupción. Están investigando a los ex presidentes Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y al ahora fallecido García, además de los líderes de la oposición cuyos nombres aparecieron en la investigación.

En comparación, los tribunales controlados por el gobierno en Venezuela ni siquiera están investigando a Maduro, quien según la ex fiscal general exiliada Luisa Ortega recibió US$ 35 millones en sobornos de Odebrecht.

Otro efecto secundario peligroso del escándalo de Odebrecht es que podría producir una reacción populista en Perú. Con tantos ex presidentes y líderes opositores, como la ex candidata presidencial Keiko Fujimori, bajo investigación, Perú podría convertirse en un territorio fértil para un líder populista que, como Chávez en 1998, prometa terminar con la corrupción.

La perversa ironía del caso de Odebrecht es que las democracias de libre mercado como Perú que están investigando a fondo la corrupción están pagando un alto costo en materia de reputación, mientras que dictaduras corruptas como la de Venezuela logran pasar desapercibidas.

La lección del escándalo de Odebrecht debería ser exactamente la opuesta a lo que escribió López Obrador en su desafortunado tuit. La moraleja debería ser que la corrupción prospera bajo los líderes populistas autoritarios que erosionan las instituciones democráticas y eliminan los controles necesarios para combatir este flagelo.

 
 

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