La chipera, en tono más reflexivo que quejumbroso, me contaba su gran preocupación: “¿De qué vamos a vivir si no nos dejan vender más ni nuestra chipa?”. Le garabateé la idea: “No se puede prohibir la chipa, ¿cierto? Es producción paraguaya de venta segura y ustedes tienen derecho al trabajo honesto”. Me miró un tanto sorprendida, a los segundos se despertó en ella un discurso diferente, de reclamo y ya no de propina ni favor. Un muchachito desnutrido cerca nuestro vendía dulces de maní caseros, misma situación, mismo sufrimiento. Así son miles de pobres, millones de artesanos y productores nacionales independientes. Qué fuerza tendrían juntos y organizados.
Los productos paraguayos no pueden tener restricciones, mucho menos las que sufren hoy día los vendedores ambulantes. Los sucesivos gobiernos no proveyeron ni previeron; como siempre, la laboriosidad es la que salva la olla de millones de personas. Estos vendedores conocen la calle, pelean día a día, la mayoría son personas de bien y no delincuentes como se los estigmatiza, para por ejemplo cerrarles las puertas de los micros y dejarlos a su suerte.
En palabras sencillas, la chipera se preguntaba sobre un problema socioeconómico profundo al que no se da respuesta, e incluso se cuestionaba la competencia desleal: “Algunos ya abusan con lo que cobran, yo hago barato pero rico”. Entusiasmada por ser escuchada en lo que ella sabía, siguió: “Suelo postear mi chipa y mi hermana que está en Argentina me dice cuánto extraña estar acá”.
La chipa es orgullosamente el pan nacional. Los pequeños productores deben tener prioridad, si no en la ley escrita actual, en nuestra conciencia. Muchos se pasan criticando a los informales, sin embargo, hay que ponerse en el lugar de ellos, quienes generan su propio sustento contra viento y marea.
Toda esa literatura de superación personal, de emprender está bien pero no como colchón para la inacción gubernamental de reconocer y fortalecer la fuerza laboral existente, tal como es en nuestro país.
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