29 de Enero de 2012
Lugo y los tiempos del Señor
Desde su autoconfinamiento interior, Fernando Lugo hace que gobierna. Es evidente que su formación clerical marcó su temperamento a sangre y fuego. Para él no hay apuros ni urgencias concebibles. Y como se sabe, en esta cuestión de tiempos y calendarios, las Escrituras se presentan bastante flexibles. Ahí está la Carta del Apóstol Pedro, por ejemplo, recordándonos que "ante el Señor un día es como mil años y mil años son como un día", enseñanza que el Presidente asume con devoción.
El caso de lo sucedido en torno al tema ganadero es bastante paradigmático. A mediados de setiembre apareció el primer foco de fiebre aftosa en el departamento de San Pedro. Desde entonces hasta que Lugo se decidió a actuar pasaron cuatro largos e interminables meses. Recién en el presente enero, ante el surgimiento de un nuevo y demoledor caso de la enfermedad, el presidente removió de su cargo al titular de Senacsa, Daniel Rojas.
Está claro que ante la terrible pérdida de credibilidad que el caso representaba para los mercados externos de la carne, la medida debió ser adoptada con mucha antelación. Pero ya se sabe, los caminos del Señor son inescrutables y sus tiempos inaprensibles.
Otra situación que da cuenta de este estilo de gestión aletargado y cansino de Lugo se plantea ahora con el temible caso de los "carperos", que amenaza seriamente con llevar al borde del abismo la raquítica paz social del país. El titular del Poder Ejecutivo tuvo toda la paciencia del mundo, permitió que los más exaltados cometieran toda suerte de atropellos y tropelías.
Escuchó con increíble atención a sus amigos más involucrados en la problemática (claro, "Pakova" Ledesma y Sixto Pereira) y desdeñó sin más las posiciones de los productores, las quejas diplomáticas provenientes del Brasil y los reclamos de un importante sector de la opinión pública. El hombre tenía que reflexionar. Solamente cuando Troya estuvo a punto de arder, mandó decir con un secretario que, bueno, en el mejor de los casos se suspendería la controvertida "mensura" de los militares para evitar que la sangre llegase al río.
Pero en fin, nadie podrá declararse sorprendido a esta altura del partido. Ya en los albores de su administración, a escasos siete meses de haber asumido el poder, desapareció del escenario público durante una semana para pensar qué posición asumiría con respecto a la abrupta aparición de mujeres que le reclamaban la paternidad de sus hijos. El señor debía meditar. Y no era para menos, porque el temple episcopal parece funcionar con este tema del manejo de los tiempos, pero en asuntos menos espirituales las cosas se complican.
Dice el señor Presidente que a él nadie lo presiona, "menos todavía la prensa", como se ufanó en algún momento. Alega, en tono de sorna, que "tiembla de miedo" cuando lo amenazan con actuar en su contra. En suma, que él es una suerte de demiurgo que está más allá del bien y del mal, por encima de las contingencias y miserias del común de los mortales. Y no está mal como principio, el problema es que él ya no es un obispo, sino un gobernante, y como tal se espera que adopte, de manera oportuna, las decisiones que el país requiere para salir adelante.
Porque un país, ya se sabe, no es un presbiterio ni una curia episcopal donde, al fin de cuentas, las realidades que se administran no son de vida o muerte. Una república, sobre todo una de carácter unitario como la nuestra, plantea situaciones que su presidente debe afrontar y, sobre todo, solucionar, con la urgencia que cada caso requiere. Tarea para la cual, como se ve, parecen estar no tan bien dotados los mensajeros divinos ni los intérpretes de los arcanos celestiales.
acattivelli@abc.com.py
El caso de lo sucedido en torno al tema ganadero es bastante paradigmático. A mediados de setiembre apareció el primer foco de fiebre aftosa en el departamento de San Pedro. Desde entonces hasta que Lugo se decidió a actuar pasaron cuatro largos e interminables meses. Recién en el presente enero, ante el surgimiento de un nuevo y demoledor caso de la enfermedad, el presidente removió de su cargo al titular de Senacsa, Daniel Rojas.
Está claro que ante la terrible pérdida de credibilidad que el caso representaba para los mercados externos de la carne, la medida debió ser adoptada con mucha antelación. Pero ya se sabe, los caminos del Señor son inescrutables y sus tiempos inaprensibles.
Otra situación que da cuenta de este estilo de gestión aletargado y cansino de Lugo se plantea ahora con el temible caso de los "carperos", que amenaza seriamente con llevar al borde del abismo la raquítica paz social del país. El titular del Poder Ejecutivo tuvo toda la paciencia del mundo, permitió que los más exaltados cometieran toda suerte de atropellos y tropelías.
Escuchó con increíble atención a sus amigos más involucrados en la problemática (claro, "Pakova" Ledesma y Sixto Pereira) y desdeñó sin más las posiciones de los productores, las quejas diplomáticas provenientes del Brasil y los reclamos de un importante sector de la opinión pública. El hombre tenía que reflexionar. Solamente cuando Troya estuvo a punto de arder, mandó decir con un secretario que, bueno, en el mejor de los casos se suspendería la controvertida "mensura" de los militares para evitar que la sangre llegase al río.
Pero en fin, nadie podrá declararse sorprendido a esta altura del partido. Ya en los albores de su administración, a escasos siete meses de haber asumido el poder, desapareció del escenario público durante una semana para pensar qué posición asumiría con respecto a la abrupta aparición de mujeres que le reclamaban la paternidad de sus hijos. El señor debía meditar. Y no era para menos, porque el temple episcopal parece funcionar con este tema del manejo de los tiempos, pero en asuntos menos espirituales las cosas se complican.
Dice el señor Presidente que a él nadie lo presiona, "menos todavía la prensa", como se ufanó en algún momento. Alega, en tono de sorna, que "tiembla de miedo" cuando lo amenazan con actuar en su contra. En suma, que él es una suerte de demiurgo que está más allá del bien y del mal, por encima de las contingencias y miserias del común de los mortales. Y no está mal como principio, el problema es que él ya no es un obispo, sino un gobernante, y como tal se espera que adopte, de manera oportuna, las decisiones que el país requiere para salir adelante.
Porque un país, ya se sabe, no es un presbiterio ni una curia episcopal donde, al fin de cuentas, las realidades que se administran no son de vida o muerte. Una república, sobre todo una de carácter unitario como la nuestra, plantea situaciones que su presidente debe afrontar y, sobre todo, solucionar, con la urgencia que cada caso requiere. Tarea para la cual, como se ve, parecen estar no tan bien dotados los mensajeros divinos ni los intérpretes de los arcanos celestiales.
acattivelli@abc.com.py





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