Otros son conscientes de la falta de compromiso con el desarrollo de la cultura política y la democracia, pero prefieren continuar arrinconados en la comodidad de sus actividades privadas antes que someterse a todo tipo de improperios, enfrentándose a posturas y discursos obsoletos o combatiendo a líderes corroídos moralmente y desfasados ideológicamente.
Resultado de ese abandono o indiferencia de los buenos es que el campo político se va llenando de los peores en el aspecto de la idoneidad, para ejercer la representación o simplemente para la función pública, y en el aspecto ético y moral.
Gracias a la indiferencia frente al desafío de militar por una causa, por unos principios y más concretamente por un cambio, la actividad política se ha convertido en un chiquero al que nadie de afuera desea meterse para no ser salpicado.
Convengamos que durante la dictadura hacer política no era seguro para nadie que no sea oficialista, menos aún si la militancia tuviera lugar en la oposición, donde en aquella época se pagaban las consecuencias, y a un precio muy alto para la integridad de la persona. Pero la dictadura cayó hace 27 años y mucha gente tiene miedo aún hoy de participar, como es su derecho y como lo garantiza la Constitución actual.
Porque en definitiva de eso se trata, de tener miedo. Miedo a ponerse a pensar para responder preguntas simples: ¿por qué no me atrevo a militar en favor de mis principios? ¿por qué no doy curso político a mis posturas sobre determinados temas de la vida nacional? ¿por qué no soy capaz de hacer públicos mis pensamientos y asumir que mi forma de pensar coincide con la de muchos otros y que juntos podemos impulsar un movimiento nacional?
Hay también en todo esto un poco o mucho de incredulidad, de pensar como siempre: que es una posibilidad exageradamente inverosímil intentar un cambio desafiando a la “mayoría comprobada” y a las cúpulas partidarias.
Esto lo venimos arrastrando desde la dictadura, de cuando creíamos que era imposible que el tirano cayera antes de morir; luego en la democracia cuando creíamos que era imposible derrotar al “eterno” partido Colorado.
Ahora, igual que antes se piensa, con un espíritu negador, que jugando fuera de los partidos políticos es imposible ganar, que es improbable derrotar a los partidos. O mejor dicho, que es imposible ganar desde una simple plataforma ciudadana con una propuesta sana, incluyente y sobre todo decente con gente limpia, no contaminada por la corrupción y el autoritarismo.
En general se piensa que la militancia política y las campañas electorales encajan mejor con el perfil de los jóvenes y que la actividad gubernamental debería estar a cargo de personas adultas, maduras y preparadas. De estos últimos está poblada la nación, pero ¿qué pasa con los jóvenes? ¿Por qué ese desinterés, esa apatía, ese renunciamiento a la apasionante actividad política?
Estamos asistiendo a la representación de una obra conocida: la violación de la Constitución para dar gusto a una persona; estamos presenciando pasivamente el deterioro de nuestras instituciones, nos roban día y noche, nos asaltan, matan a nuestra gente en la calle, y nadie se anima a organizarse para construir algo nuevo y diferente. Luego, ¿qué autoridad moral tendremos para protestar por lo que sabemos hoy que nos pasará mañana?
ebritez@abc.com.py