El debate se reabrió a partir de la sugerencia del director de Emergencias Médicas, Dr. Aníbal Filártiga, quien, más bien harto de la cantidad de víctimas de la violencia que van a parar a dicho centro asistencial, propuso prohibir el viaje de dos personas en una sola moto a partir de las 17:00, con lo cual presume disminuirá bastante la cantidad de víctimas.
La propuesta del doctor Filártiga tropieza con el inconveniente serio de violentar derechos, libertades y garantías legítimos de terceros, que si fueran dejados de lado se estaría contribuyendo a reducir los espacios públicos de la gente honesta en favor de los delincuentes (civiles y uniformados), además de perjudicar a una clase social que encuentra en las motocicletas un medio de transporte cómodo y barato. Algunos las utilizan legítimamente como instrumento de trabajo combinado con el uso para salir y regresar a la casa en pareja.
La proliferación de las motos desde que bajaron sus precios tuvo como primera consecuencia negativa la cantidad de víctimas de accidentes de tránsito, que obligó al Estado a imaginar formas de mitigar el problema, por lo que se pensó habilitar como vía exclusiva de las mismas las banquinas de las rutas, además de exigir el uso de chalecos reflectivos.
Posteriormente, la situación se revirtió y, de víctimas, las motocicletas y sus ocupantes se convirtieron en victimarios. Pasaron a ser un peligro para los demás, al convertirse en móviles preferidos de los delincuentes. Entonces se estableció que estos vehículos fueran vendidos con la chapa incluida, de modo que sus ocupantes puedan ser individualizados en situaciones en que se vean involucrados en hechos de delincuencia. Pero la facilidad con que son robados echó por tierra esta forma de encarar el nuevo problema.
Hubo una época en que estuvo de moda compartir las buenas prácticas entre los grupos, movimientos, organizaciones, inclusive gobiernos que tropiezan con los mismos problemas en distintos lugares y buscan las mismas soluciones. El principal inconveniente de esta modalidad fue y sigue siendo la falta de voluntad política, en el caso de los gobiernos, de poner en práctica las experiencias exitosas, además de la desidia de quienes tienen el deber de hacerlo, asociada a la lenidad de quienes cuentan con el derecho de exigirlos.
Hasta ahora, la mejor práctica que encontré es la de Colombia, que en vez de aumentar las prohibiciones aumentó las exigencias para viajar en motocicletas.
Allá las motocicletas solo pueden circular con placas y las personas (conductor y acompañante) con casco y chaleco. Tanto en el chaleco como en el casco se registran en tamaño bien visible los números de las placas. Nadie puede circular sin estos requisitos, por lo que el incumplimiento hace presumir que quienes lo hagan a pesar de todo son probablemente delincuentes y, por tanto, sujetos a revisión.
Claro, siempre hay forma de burlar las reglas, pero ayuda bastante en una sociedad con problemas de inseguridad que los buenos estén bien identificados y se los vean diferentes de los probables malos.
Convivir con la delincuencia requiere algunos renunciamientos en materia de comodidad y un poco más de rigurosidad con quienes no se merecen, sin necesidad de renunciar o anular el disfrute de derechos y libertades.
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