01 de Febrero de 2012

No hace falta un mundo feliz

Por Paulo López

El último informe de la ONG francesa Reporteros Sin Fronteras (RSF) revela un notable deterioro de la libertad de prensa en el llamado mundo libre. Si bien hay que subrayar que países como Cuba o Corea del Norte son los peor calificados por el organismo, también habría que poner de relieve el retroceso verificado en las denominadas grandes democracias de Occidente.   

En este sentido, resalta la caída de la calificación de EE.UU., del puesto 20 al 47, en materia de respeto a la libertad de prensa por la brutalidad policial y el arresto de más de 25 periodistas durante la cobertura de las manifestaciones del movimiento Occupy. Esta ola de protestas, que se inició con Occupy Wall Street en Nueva York y se extendió a otras ciudades, se realizaban contra la subordinación de la democracia a los poderes corporativos y el traslado de los costos del rescate a los bancos a cuenta del conjunto de la sociedad.   

Así se revela el cariz oculto pero siempre latente de aquella alegoría distópica del Mundo Feliz de Aldous Huxley. Una sociedad armónica en tanto suprimía los antagonismos (lo cual equivale a decir el derecho al disenso, principio fundamental de la democracia) e imponía el consenso generalizado en torno del proyecto del poder. De este modo se aprecia en la novela una de las formas más feroces de totalitarismo, que se basa en el condicionamiento de los individuos para aceptar plácidamente el orden de cosas establecido y, aun peor, hasta agradecidos de su suerte, o la falta de ella.   

Solo hay consenso donde rige el imperio de la palabra única y donde hay palabra única la democracia es un imposible. Difícilmente puede sostenerse que en el Paraguay exista pluralidad de voces, ya que más allá de los poderosos son pocos los que pueden decir su palabra de manera tal que esta sea escuchada. En esta dirección es hasta inexplicable la benevolencia de RSF hacia nuestro país, ya que solo nos degradó 26 lugares, bajando de esta forma hasta el puesto 80 entre las naciones con menos libertad de expresión. Los monopolios estatales y empresariales son igual de perniciosos para la pluralidad y la diversidad. El discurso único es la aspiración máxima del poder, cualesquiera sean sus manifestaciones transitorias (políticas, económicas, simbólicas, etc). Acaparando la palabra es que se forja el sentido común hegemónico y sus promesas de un mundo feliz. Sin embargo, un mundo, así a secas, sin adjetivos, basta. Todo lo demás nos pertenece.
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