Él habla claramente: “No cometerás adulterio”. Y añade que aquel que mira a una mujer deseándola maliciosamente en su corazón, ya ha sido adúltero con ella.
El adulterio designa la infidelidad conyugal, que es una traición a su pareja. Ser un traidor es un título que nadie quiere, pues no solo traiciona a su cónyuge, sino que falta a las promesas que libremente ha asumido en su matrimonio. Además, lesiona el signo de la Alianza del ser humano con Dios, expresado en el vínculo matrimonial.
Así, es un ultraje lamentable que daña a uno mismo; al otro, a quien ha prometido sinceridad y manifiesta desprecio a la voluntad de Dios. Como es una siembra maligna, los frutos también serán diabólicos.
El adulterio es una injusticia, que atenta contra la estabilidad del matrimonio, pues el miembro engañado, con frecuencia, vive un dolor acentuado y entra en un ansioso viacrucis para lograr el perdón, cuando lo logra.
Restablecer la confianza en el otro es un camino espinoso y solo es posible cuando el infiel da muestras fehacientes de que ha abandonado sus aventuras. Es más, cuando reconoce su infidelidad y procura reconquistar a su pareja.
Es causa importante de separaciones, lo que genera zozobra emocional entre los hijos, especialmente cuando niños. Además, la parte económica de la familia se ve afectada, con dificultades más grandes para el estudio, la salud y otros.
“Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio“, sostiene el Catecismo de la Iglesia Católica, N° 2.380.
¿Lo qué lleva a una persona casada a cometer el adulterio? Serán muchas las respuestas, pero conviene distinguir entre motivos masculinos y motivos femeninos.
Al varón, por una calentura descontrolada, para exaltarse delante de los amigos, para afirmarse como “machito” y otros.
A la mujer, tal vez, por carencia afectiva, por no sentirse valorada por el marido, por la soledad y falta de diálogo.
No hay que cometer adulterio, lo que implica huir de las ocasiones de pecado, mantener la relación matrimonial de modo alegre y, de modo especial, cuidar de la vida espiritual, dando más espacio para Dios, para la oración a dos y para la Misa dominical.
Paz y bien
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