No tenga miedo, Sr. Horacio Cartes

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Si hay algo muy impregnado en la sociedad paraguaya, herencia de varios sistemas totalitarios y, especialmente, por responsabilidad del stronismo, es la incapacidad para debatir ideas, para discutir filosofías o simplemente, contrastar hechos y opiniones en las distintas esferas. Al miedo institucionalizado, la falta de tradición científica y filosófica, la ausencia total de una educación libre, crítica y racional se suma el ninguneo sistemático de la clase gobernante al protagonismo ciudadano.

Su ministro de Industria y Comercio quiere que los paraguayos que no comulgan con las propuestas o planes de su gobierno salgan del país; su ministra de Educación, a pesar de lograr avances con PISA y áreas de cobertura en la educación inicial, no puede solucionar los problemas de infraestructura en las escuelas y colegios estatales ni cortar el chorro a quienes se benefician económicamente a costa de la formación de niños y adolescentes; su ministro de la Función Pública no conoce la legislación sobre cargos electivos; su ministro de Hacienda quiere más impuestos para financiar el Estado y su canciller no cierra todavía embajadas absolutamente innecesarias y costosas alrededor del mundo. Como si todo esto fuera poco, usted preguntó recientemente qué significaba Acosta Ñu. Si esto fue una de las tantas bromas que le gusta realizar, lo está haciendo fuera de lugar. A usted no le gusta dialogar, Sr. Presidente, y eso demuestra una actitud abiertamente antidemocrática.

Si estábamos en un sistema parlamentario, quizás su partido no iba a gozar de un amplio apoyo en el Parlamento y su gabinete, en este momento, estaría renunciante. Incluso, usted tendría que poner a disposición su cargo. Pero como vivimos bajo un sistema presidencialista, esto no ocurrirá y usted pensará que tiene un poder casi absoluto. Una de las ventajas de vivir bajo un sistema abierto, tolerante y civilizado es que, a pesar de las grandes diferencias, los actores políticos, sociales, económicos y culturales pueden conversar o dialogar en un ambiente tenso, pero diverso e igualitario, ya que en una democracia todos los ciudadanos tienen los mismos derechos y obligaciones.

La Constitución del 92 nos dio la posibilidad de rebelarnos contra la tradición del silencio, de la opresión; nos permitió expresar grandes pensamientos y sentimientos reprimidos durante mucho tiempo. Y permitió que cada paraguayo eleve su voz, sin pedir permiso y sin temor a que el mensaje resulte a contracorriente, en una nación históricamente conservadora y amante del autoritarismo. Esta Constitución, Sr. Presidente, nos permite decirle a usted que se encuentra equivocado. Tal vez pueda resultarle gratificante y oportuna la inauguración de emprendimientos inmobiliarios millonarios en Asunción, obras públicas en algunas regiones del país y la vigencia de las becas Carlos A. López. Pero los problemas y errores son mayores que sus aciertos. Y eso es muy grave.

Según datos de la Secretaría Técnica de Planificación, la pobreza en Paraguay alcanza al 22,6% de la población (1.530.000 personas) y la pobreza extrema, que afecta a aquellos conciudadanos que viven con menos de un dólar al día, llega 10,5% de la población. Sr. Presidente, hay más de 700.000 habitantes del país que sobreviven con menos de 5.000 guaraníes al día. Y los planes para que salgan de la miseria son apenas parches que duran como máximo un periodo de gobierno.

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En las calles de Asunción están hoy los campesinos, los cooperativistas, los médicos, los transportistas y estudiantes, protestando con reivindicaciones diferentes, pero que convergen en cuanto en un punto central: el desarrollo del país. Usted nos prometió la “mejor selección” en su Gobierno, pero esto no ha dado resultados, tiene a los peores asesores, que no están ni actualizados ni manejan el Estado como bien público. No tenga miedo, Sr. Cartes, usted fue electo por una minoría, pero puede y debe sentarse a hablar civilizadamente, no con la clase política corrupta, sino con la gente.

equintana@abc.com.py