18 de Julio de 2017

 

Poxipol para el Congreso

Por Jesús Ruiz Nestosa

Si tuviéramos que evaluar los daños que sufrió el edificio del Congreso durante los desórdenes de meses atrás ante la amenaza de violación de la Constitución por parte de personas allegadas a la actual administración de Horacio Cartes, se podría concluir que, después de todo, la cosa no fue tan grave. Puestos a reparar los daños, con un buen tubo de poxipol y un par de manos de pintura el edificio puede quedar como nuevo, sin rastro alguno de aquella agresión. Mucho más preocupantes son las agresiones que se producen por quienes están dentro del Congreso, y no afuera como aquellos que intentaron incendiar el edificio.

Si esto parece un poco confuso, me refiero al nivel a que ha llegado el debate parlamentario. Es fácil entender que muchas veces, en el calor de la discusión y el apasionamiento que se puede poner en la defensa de las ideas propias, los señores parlamentarios levanten la voz, se acaloren, les suba la presión sanguínea y recurran a frases irónicas, a frases sarcásticas e, incluso, algún intento de burla debidamente dosificada.

El bochornoso episodio protagonizado por el senador José Manuel Bóbeda, del Partido UNACE, es uno de esos ataques al Congreso provenientes de su propio interior y que, en este caso, me parece mucho más dañino y perjudicial que aquel otro en el que se intentó provocar un incendio. El acalorado legislador, molesto porque fue interrumpido en su pieza de oratoria, que posiblemente le habrá parecido a él sublime, no dudó un instante en desafiarle a un duelo al senador Enrique Bacchetta (ANR) afuera del Congreso. Algunos dirán “menos mal”. Pero no, es nada más que esa bravuconada tan propia de los años de colegio en los que el desafío concluía en el consabido “te espero afuera”. Quien quiera enriquecer su diccionario de insultos puede recurrir al acta de la sesión correspondiente a esa fecha para encontrarse con la riqueza de léxico de que dio muestras el senador Bóbeda: “maleducado”, “envidioso”, “mbatara”, “tevisa’yju”, “ava tembiguái pyahu”, “gringo pyne bota” y “culo empolvado”. Todo esto puede dar una idea muy precisa del nivel que ha alcanzado el debate parlamentario”. Cuando toda la ciudadanía –o por lo menos una buena parte de ella– esperábamos de quienes dicen representarnos dieran muestras de un nivel más o menos aceptable de rigor dialéctico, no han hecho otra cosa que dar curso libre a lo más soez y deplorable de su personalidad.

Si nuestros legisladores hubieran tenido el coraje y la independencia de criterio necesarios hace tiempo ya para aprobar una ley que castigase las expresiones y las actitudes discriminatorias, en este caso muy bien se le podría haber aplicado al senador Bóbeda, quien no ha dudado en atribuir a su contrincante el término de “gringo pyne bota!”, algo así como “la bota maloliente del extranjero”, que no es otra cosa que una expresión lastimosamente despreciativa. En pocas palabras, ha cometido la falta de discriminación, que es sancionada en cualquier país adelantado que tiene su respectiva ley en contra de la intolerancia.

Hablaba al comienzo de los ataques que puede sufrir nuestro Congreso tanto por parte de personas que están afuera como por personas que están adentro y que son más preocupantes estas últimas que las primeras. En un caso, las roturas se pueden componer con un tubo de poxipol. Pero en el otro, se está atentando contra la honorabilidad de uno de los poderes del Estado; se está atentando contra el Poder Legislativo a causa de la conducta indecorosa de sus miembros. Y no son unos miembros cualquiera; son unos miembros que aseguran ser representantes de la ciudadanía; son quienes nos están representando a todos nosotros. Y no estoy muy seguro que nadie quiera que su representante se destaque por su grosería, su nivel de chabacanería, su incapacidad de poder honrar la alta función que representa a través del insulto y de la grosería. Si la mejor defensa que tiene para sostener sus ideas es la de “te espero afuera”, es evidente que no tiene ningún argumento válido. Para este caso –y esto es lo peor– no hay poxipol adecuado para reparar lo que se ha roto: la dignidad de un poder el Estado.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

 
 

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