En otras palabras, las Fuerzas Armadas de la Nación enfrentan desde hace tiempo el desafío de una reforma estructural, que pasa inclusive por la actualización y modernización de las cuestiones legales y tecnológicas. Pero ninguno de los gobiernos de la transición se detuvo a encarar seriamente estas cuestiones. Lo máximo que hicieron es tratar de conservar el buen humor de la cúpula militar mediante incrementos de sueldos y beneficios, otorgados periódicamente.
Por eso me extraña que el tema conocido como la creación de “soldados profesionales” esté avanzando sin muchos miramientos y menos obstáculos, cuando que a todas luces significa apoyo al militarismo que se ha debilitado desde el año 1989 y mayor erogación para el Estado. Para el primer año de vigencia de este proyecto se prevén 30.000 millones de guaraníes en el presupuesto, lo que representa alrededor de 7 millones de dólares.
Hay que reconocer, sin embargo, que la suma es infinitamente inferior al monto que piensan despilfarrar los políticos a través de la Justicia Electoral (50 millones de dólares). No obstante, es un monto relevante teniendo en cuenta que equivale al mismo monto que se destinará para un plan de emergencia en seguridad alimentaria.
El componente ideológico que se menciona como argumento vale para ambos bandos. Si el gobierno de turno es de izquierda, se teme que las Fuerzas Armadas respondan a los lineamientos del socialismo del Siglo XXI, pero si el gobierno de turno es de derecha, se teme que sean otra herramienta de sometimiento del capitalismo.
En esta oportunidad, lo que está en discusión es un debate menor y creo que tiene que ver con la utilidad real que tendrá la incorporación de 1.460 jóvenes a la milicia con casi sueldo mínimo por un plazo máximo de cuatro años.
En principio, la figura creada para el efecto fue de “soldado temporal voluntario” que luego fue cambiado por el de “soldado profesional”. Creo que ni una ni otra encaja con el perfil. Si van a cobrar no son voluntarios y si van a cobrar menos del sueldo mínimo no pueden ser profesionales, menos aún si después de cuatro años pueden ser incorporados solo como suboficiales.
Por el momento que se crea y se pone en vigencia (próximamente), la figura del “soldado profesional” se parece más a una extensión de la clientela estatal antes que el fortalecimiento de la soberanía nacional a través del aumento de la dotación de tropas en las Fuerzas Armadas.
Ubiquémonos en la posición de los padres de familias humildes, especialmente del campo, que buscan desesperadamente empleo para sus hijos varones de 18 años en adelante. Esta es la oportunidad, pero como siempre serán más los interesados en ingresar y pocas las plazas disponibles.
Me pregunto si los oficiales militares están en condiciones de rechazar las recomendaciones de diputados, senadores, líderes políticos y similares a quienes los afligidos padres irán a llorar para que gestionen y hagan ese favor, tal como ocurre con los aspirantes a ingresar a los cuadros policiales, en los que, además de las recomendaciones, funciona perfectamente la tarifa establecida por los superiores, cuyo pago es “recuperado” de la calle, una vez que el aspirante ingresa a la institución.
¿Se profesionalizarán con esto las Fuerzas Armadas? No creo.