¿Qué habremos aprendido?

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El terrible choque entre colectivos del jueves pasado deja al descubierto el riesgo de muerte en el que vivimos. Aún trabajan para dilucidar el caso. Sufrimos tantas cosas, falta de control, de responsabilidad, improvisación, impulsividad…. Lo que ocurrió tiene distintas lecturas: no es lo mismo para los choferes, los familiares del chofer fallecido, de la bebé fallecida, el público que presenció o se enteró del accidente, la empresa, la municipalidad. Y hasta saltaron dramas de pobreza y abandono, como el del niño que iba cebando tereré (por cierto, este menor –aún muy afectado– fue vilmente exprimido por un noticiero televisivo que se pasó “dándole palos” a la madre, cuando ese no era el tema en cuestión. En cambio, debieron ahondar y reclamar a quienes correspondía).

Sin ánimo de echar culpas, porque culpas siempre hay para repartir, lo que nos queda dolorosamente claro es que estamos lejos de prevenir estos lamentables accidentes. Choques, peleas, descontroles se han convertido en algo normal. Un lector comentaba sobre este caso: “Terminen, opá, ya pasó, no podemos hacer más nada”, como si la pérdida de dos vidas humanas se pasara de página al instante. ¿Habremos aprendido algo? Hace un tiempo, estando en Alemania, pregunté sobre los accidentes de tránsito fatales (ya que allá se cumplen todas las normas, reglas y controles). Y me contestaron: “Hay accidentes, generalmente por fallas humanas y en ruta; son fatales, porque van a alta velocidad, así que el mínimo error puede provocar una tragedia”. A nosotros nos pasan trágicos accidentes en cualquier calle del microcentro. Supongo que existe un nivel de velocidad permitido, y aunque no existiera por ley, debería estar en la intuición.

Yo utilizo la Línea 12, así que conozco las quejas de los usuarios que quedan silenciadas en el temperamento “aguantatodo” tan idiosincrático (la radio alto volumen, las carreras, la publicidad cubriendo las ventanas, entre más padecimientos del usuario). Sin embargo, es preciso empezar a romper esta actitud 1) porque nos cobran más –y debe entonces invertirse más y mejor– y 2) porque todo tiempo requiere ciudadanos con más conciencia de sus derechos y obligaciones.

El bajo nivel de educación seguramente influye enormemente en la contratación de personal de parte de las empresas de transporte público (conste que esta carencia afecta también a muchos empresarios), y paralelamente los choferes resaltan su labor sacrificada y estresante y mucho también sus derechos laborales no cubiertos.

No basta la renovación de la flota; además, hay que interpretar nuestra sociedad, ciudad, situación socioeconómica, formas de ser o no ser de la gente, y mejorar paulatinamente. Me parece que eso es básico y se sabe, y si es que se considera, poco se siente.

Que en paz descansen las personas fallecidas, y consuelo para los familiares. Y aquí en la vida diaria debemos despertar y no esperar todo servido, reclamar cómo queremos vivir y comportarnos acorde. Ningún medio de transporte en las condiciones en las que estamos hoy es seguro: no es seguro andar en auto, ni ser peatón, ni vendedor ambulante ni estando sentado en una oficina. A cualquiera le puede costar la vida.

lperalta@abc.com.py