Una crisis como la que atraviesan los partidos, relacionados con la caída de confianza y falta de respeto no puede dejar de tener consecuencias en el país y por ende en la forma del Estado y del Gobierno establecida como “democracia representativa, participativa y pluralista”.
El agotamiento de la forma de actuar de nuestros partidos y el declive moral del liderazgo político tienen impactos negativos que dieron lugar a nuevos procedimientos y nuevas organizaciones, grupos, plataformas o como se denominen, de acciones colectivas. Estas formas, que en los últimos años tienen además la particularidad de desempeñarse en redes o articulaciones, han secuestrado prácticamente las banderas de demandas políticas y también fueron sumando otras exigencias que surgen de una nueva forma de interpretar las relaciones sociales, el desarrollo de la cultura política, la tecnología y la conexión del país con el resto del mundo.
Solo por el hecho de que los partidos se llenan cuantitativamente de afiliados o cosechan en las elecciones votos por encima del 50%, no podemos sostener razonablemente que contribuyan al fortalecimiento de la democracia, o a elevar la calidad de la representación política, porque lamentablemente no es lo que están haciendo en la función parlamentaria, municipal o ejecutiva gubernamental.
Desde el inicio de este período de libertad, existen colectivos sociales, civiles, gremiales o profesionales insatisfechos que comenzaron y siguen cuestionando la política tradicional de mediación entre la sociedad y el Estado, y de organización de cuadros cívicos para disputar liderazgos idóneos, sin que los partidos tuvieran respuestas para ello.
La consecuencia de esta situación de dejadez o desidia es la baja calidad de la representación, la dudosa legitimación de las tomas de decisiones que afectan a los representados y la búsqueda de una participación cada vez más centrada en la captación de operadores disfrazados de funcionarios para asegurar o intentar exitosos resultados electorales.
Desde el momento que los partidos renunciaron al rol de formar ciudadanía, se abrieron compuertas favorables a situaciones de desligitimación y de ingobernabilidad impulsadas por los propios ciudadanos que “eligieron” las personas y los caminos que claramente conducían a los puertos que motivan sus insatisfacciones. Se fundan así nuevas formas de intolerancia capaces de operar al interior del flexible marco democrático de rechazar al poco tiempo lo aprobado poco antes por las mismas personas.
¿Cómo se traduce esto en el modelo democrático? En la ausencia de propuestas coherentes y alternativas institucionales, además de intenciones muertas antes de llegar a destino por la fuerte incidencia del internismo salvaje que hace que muchas veces el voto de uno solo cambia totalmente la relación de fuerza y vuelca el resultado en sentido contrario al mínimo del estándar partidario.
Esa insatisfacción social respecto a los partidos tiene también resultados en la forma en que algunos optan por ejercer la expresión política y así tenemos grandes inversiones en espectáculos en vez de debates o de exposiciones magistrales, además de ofertas enfocadas totalmente en personas y no en contenidos, lo que últimamente se refleja en la incursión de los outsiders.
Se producen cambios en la forma de concebir y hacer la política que se reflejan en un discurso antipartidista. Ya ocurrió en otros países, donde la falta de interpretación de estos fenómenos motivaron la desaparición de partidos que se negaron a cambiar sus comportamientos e intentar democratizar sus estructuras.
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