05 de Febrero de 2012
Remando con escarbadientes
Desde siempre nuestro país ha sufrido los efectos de la politiquería y la corrupción. Frente a estas calamidades para nada sirven los títulos universitarios. Incluso están mejor dotados para la práctica delictiva, la promesa dulzona, quienes más estudios tienen.
Por ejemplo ¿cuántos años hace que nos vienen repitiendo que "el próximo verano ya no habrá corte de luz"? Esta promesa va acompañada de explicaciones técnicas que se esfuman llegado el verano. Reaparecerán en los mismos términos ocho o nueve meses después.
Hace un par de meses el titular de la ANDE, siguiendo la tradición, aseguró que la población puede estar tranquila porque va a disfrutar de un verano diferente. Y la frase de siempre: "No habrá corte de luz". Esta vez la diferencia estuvo dada por el sindicato de la ANDE que nos previno de la imposibilidad de pasar un verano sin sobresaltos. Entonces ¿por qué nos mienten? Por estas razones: la costumbre, la comodidad, la cultura de la irresponsabilidad, la seguridad de que nadie les dará un tirón de orejas.
Es posible que la ANDE no esté en condiciones de prestar un buen servicio; es posible que no le basten ni Itaipú ni Yacyretá; es posible... ¡Tantas cosas son posibles! Pero entonces que asuma la realidad y no agregue, con la mentira, más penurias a los sufridos consumidores.
Pruebe usted tener, vía telefónica, alguna respuesta de la ANDE cuando pasa la noche en la desesperación del calor y los mosquitos. No habrá ninguna voz que le responda al otro lado de la línea.
Donde, igualmente, saltan la ineptitud en algunos casos, y la corrupción en otros, es en la construcción o mantenimiento o reparación de las rutas. Pase usted por un camino asfaltado, seis meses después de habilitado, por el que el Estado pagó miles de millones de guaraníes. Con seguridad se encontrará con la necesidad de que ya debe ser reparado. Y se hará con otros muchos millones de guaraníes. ¿A qué empresa se encargará la reparación? Sí, adivinó: a la misma que construyó la ruta.
Pareciera que todo estuviese planificado para el fracaso de cualquier proyecto de interés nacional. Nada sale bien. Está el famoso asunto de la reforma agraria que suele figurar sólo figurar en los encendidos discursos gubernamentales. Se miente a los agricultores, a los indígenas, se los estafa, se los conduce a situaciones de violencia que una vez desatadas ya no volverán atrás. Fijémonos en Ñacunday. Es la muestra más acabada del manejo politiquero contra los miles de campesinos sin tierra con cuyas necesidades, reales y angustiosas, se especulan sin misericordia. ¿Quiénes les hacen creer que los antiguos yerbales les serán entregados con sólo empujarlos a la invasión? Pero supongamos que vayan a quedarse con las 160 y pico mil hectáreas ¿qué harán con ellas? ¿Con machete y azada van a convertirlas en unidades productivas? ¿Y qué van a comer mientras germinen y den frutos las semillas? ¿Y semillas de qué rubros? ¿Cuáles son los más aptos para esas tierras?
Nada se hace bien. Todo está calculado para la corrupción.
¡Y las licitaciones! ¡Por Dios!
Por cualquier mercadería que en la calle cuesta cien guaraníes, las instituciones públicas pagan mil. Y para abonar 10 veces más, se ha tenido que gastar otro montón de dinero en la confección del pliego de bases y condiciones, en la publicación, en todo, para dar la imagen de un estricto cumplimiento de la ley. Pero hace rato ya se ha cocinado el negociado. Entonces tenemos, entre otras muchas situaciones, que una estación de servicio provee muebles; el panchero de la esquina figura como el empresario que "ganó" la licitación para proveer de útiles de oficina, uniformes, televisores, heladeras. Y la "gran empresa" ganadora para dotar de vehículos lujosos a los altos funcionarios tiene su oficina en un ranchito que nadie creería que fuese capaz de vender ni un auto a los Reyes Magos. Y están las funerarias que proveen al Estado combustibles, computadoras, materiales de construcción, etc. Total, el pueblo cargará con el muerto.
Para completar el paisaje, fiscales y jueces hombres y mujeres compiten en velocidad y "eficiencia" para librar de la cárcel a los corruptos con dinero; dinero, precisamente, de la corrupción.
Queremos cruzar a la otra orilla la del progreso remando con escarbadientes.
Por ejemplo ¿cuántos años hace que nos vienen repitiendo que "el próximo verano ya no habrá corte de luz"? Esta promesa va acompañada de explicaciones técnicas que se esfuman llegado el verano. Reaparecerán en los mismos términos ocho o nueve meses después.
Hace un par de meses el titular de la ANDE, siguiendo la tradición, aseguró que la población puede estar tranquila porque va a disfrutar de un verano diferente. Y la frase de siempre: "No habrá corte de luz". Esta vez la diferencia estuvo dada por el sindicato de la ANDE que nos previno de la imposibilidad de pasar un verano sin sobresaltos. Entonces ¿por qué nos mienten? Por estas razones: la costumbre, la comodidad, la cultura de la irresponsabilidad, la seguridad de que nadie les dará un tirón de orejas.
Es posible que la ANDE no esté en condiciones de prestar un buen servicio; es posible que no le basten ni Itaipú ni Yacyretá; es posible... ¡Tantas cosas son posibles! Pero entonces que asuma la realidad y no agregue, con la mentira, más penurias a los sufridos consumidores.
Pruebe usted tener, vía telefónica, alguna respuesta de la ANDE cuando pasa la noche en la desesperación del calor y los mosquitos. No habrá ninguna voz que le responda al otro lado de la línea.
Donde, igualmente, saltan la ineptitud en algunos casos, y la corrupción en otros, es en la construcción o mantenimiento o reparación de las rutas. Pase usted por un camino asfaltado, seis meses después de habilitado, por el que el Estado pagó miles de millones de guaraníes. Con seguridad se encontrará con la necesidad de que ya debe ser reparado. Y se hará con otros muchos millones de guaraníes. ¿A qué empresa se encargará la reparación? Sí, adivinó: a la misma que construyó la ruta.
Pareciera que todo estuviese planificado para el fracaso de cualquier proyecto de interés nacional. Nada sale bien. Está el famoso asunto de la reforma agraria que suele figurar sólo figurar en los encendidos discursos gubernamentales. Se miente a los agricultores, a los indígenas, se los estafa, se los conduce a situaciones de violencia que una vez desatadas ya no volverán atrás. Fijémonos en Ñacunday. Es la muestra más acabada del manejo politiquero contra los miles de campesinos sin tierra con cuyas necesidades, reales y angustiosas, se especulan sin misericordia. ¿Quiénes les hacen creer que los antiguos yerbales les serán entregados con sólo empujarlos a la invasión? Pero supongamos que vayan a quedarse con las 160 y pico mil hectáreas ¿qué harán con ellas? ¿Con machete y azada van a convertirlas en unidades productivas? ¿Y qué van a comer mientras germinen y den frutos las semillas? ¿Y semillas de qué rubros? ¿Cuáles son los más aptos para esas tierras?
Nada se hace bien. Todo está calculado para la corrupción.
¡Y las licitaciones! ¡Por Dios!
Por cualquier mercadería que en la calle cuesta cien guaraníes, las instituciones públicas pagan mil. Y para abonar 10 veces más, se ha tenido que gastar otro montón de dinero en la confección del pliego de bases y condiciones, en la publicación, en todo, para dar la imagen de un estricto cumplimiento de la ley. Pero hace rato ya se ha cocinado el negociado. Entonces tenemos, entre otras muchas situaciones, que una estación de servicio provee muebles; el panchero de la esquina figura como el empresario que "ganó" la licitación para proveer de útiles de oficina, uniformes, televisores, heladeras. Y la "gran empresa" ganadora para dotar de vehículos lujosos a los altos funcionarios tiene su oficina en un ranchito que nadie creería que fuese capaz de vender ni un auto a los Reyes Magos. Y están las funerarias que proveen al Estado combustibles, computadoras, materiales de construcción, etc. Total, el pueblo cargará con el muerto.
Para completar el paisaje, fiscales y jueces hombres y mujeres compiten en velocidad y "eficiencia" para librar de la cárcel a los corruptos con dinero; dinero, precisamente, de la corrupción.
Queremos cruzar a la otra orilla la del progreso remando con escarbadientes.







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