Aquella gastada frase: “Sin permiso no hay fiesta” describe perfectamente la realidad del tráfico de drogas, la criminalidad y la delincuencia en el Paraguay con anuencia policial. Desde un rutinario robo de moto, los sicariatos muy comunes en Pedro Juan Caballero y hasta los más grandes asaltos que ocurren en nuestro país, tienen la bendición de cuanto menos un comisario.
Los grandes delincuentes, como Ibar Pérez Corradi, viven a sus anchas en nuestro país, no solamente sin ser vistos por la policía, sino documentados y protegidos por ella.
Es lamentable escuchar el discurso gubernamental en el que se ufanan de ser el gobierno de menor índice de corrupción, pero que es incapaz de “cortar la mano” a los grandes corruptos de la Policía y del Ministerio del Interior, donde el silencio cómplice de las altas esferas se torna elocuente ante los últimos acontecimientos.
Mientras el Estado no corrija este mal, no podremos hablar de seguridad jurídica, ni de bienes ni de personas. Mucho menos de un país serio. ¿Cómo un extranjero puede confiar en el Paraguay cuando les cuentan que aquí los propios policías son asaltantes, o cuanto menos sus protectores?
En Salto del Guairá no hace mucho un comisario fue filmado dando cobertura a un grupo de asaltantes que desplumó a un empresario oriental. Es un ejemplo de lo que afirmamos.
De esta manera, la institución encargada de la seguridad interna del país se reduce a una mafia china o rusa de recaudación de dinero sucio de cuantas actividades ilícitas existan en nuestro país, donde cada uno tiene su “kokue” (chacra) para “cosechar”. Y es más que seguro que parte del lucro mal habido llega a la capital. O si no, es hora de demostrar lo contario.
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