Cada joven en edad de estudiar y que no lo hace, cada niño que no sabe leer ni escribir –aún yendo a la escuela– tienen una historia familiar, sociopolítica y económica. He leído infinidad de comentarios de los lectores, diagnosticando haraganería y falta de voluntad, como si fueran las únicas razones del fracaso de los jóvenes. Y es en esto donde tiene que existir de parte del Gobierno un trabajo serio, apoyado en técnicas, ciencias humanas y sobre todo una defensa de la familia. “Afuera el mundo debe ser igual de horrible”, decía Smike, un joven harapiento que vivía encerrado y esclavizado. “No, afuera hay esperanza”, corregía el maestro Nicholas Nickleby”; su autor, Dickens, siempre fue un denunciante de las injusticias, del infierno de los niños pobres, pero a la vez rescataba las maneras en que ellos buscaban la vida. Otro gran autor social, Jorge Amado, relataba en Jubiabá cómo los niños pequeños aprovechaban la tierna edad para conseguir limosna, porque sabían que al crecer aquella lástima se transformaría en estigmatización y odio sobre ellos.
Seguimos anclados en viejos prejuicios. No solamente la religión ha pecado de no saber evangelizar a los suyos, tampoco la sociedad, la que gusta llamarse libre y racional, ha sabido crear una sociedad sin patíbulos en cada esquina. No comprendo la condena de aquellos adultos que tampoco fueron estudiantes sobresalientes. Cada historia tiene un protagonista diferente, con su forma particular de concebir lo que ha vivido, algunos tienen más capacidad de resistencia, más creatividad, a otros les fue negada.
La pobreza material también acarrea otras pobrezas humanas muy profundas. Por eso antes de juzgar debemos investigar y comprender las causas madres de la deserción escolar.
Unos niños (7 y 10 años) del Bañado Sur me contaban que su papá no estaba con ellos porque había viajado: “Él viajó, tiene otra familia en otro país”. Les pregunté si sabían en qué ciudad, qué capital. El mayor se quedó callado, luego me dijo que no sabía y me preguntó qué era una capital. Les di ejemplos: ¿Tu papá estará en Madrid, de España, o en Buenos Aires, de Argentina? Y el más pequeño dijo al instante: “¡Sí!, ahí está, en Buenos Aires”. A pesar de su extremo guaraní y mi extremo castellano, nos entendimos. Hora de geografía, tomé un palito y en la tierra les dibujé un mapa. Aún subalimentados, aprendieron vorazmente y fue por razones sencillas y poderosas: su corta edad, la necesidad de saber dónde estaba su padre y la facilidad del método.
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El sistema educativo tiene que estar adecuado a la realidad e intereses de la mayoría, para así generar jóvenes ágiles en el estudio, pues estarán aprendiendo sobre sí mismos y sobre el mundo. Si no es así, los que sobresalen se adaptaron a un sistema extraño que los acepta, pero no los reconoce.
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