05 de Febrero de 2012
Somos unos inútiles
En verdad, somos unos inútiles como ciudadanos. Ya han pasado 23 años desde la caída del sátrapa dictador y hasta ahora no hemos podido consolidar una democracia estable, con instituciones sólidas y una sociedad que sepa conjugar el adecuado equilibrio entre la libertad, el respeto de los derechos humanos y la justicia social. ¿Esta incapacidad de poder progresar en nuestra convivencia cívica es consecuencia de alguna herencia genética maldita o es la confirmación del singular cretinismo del paraguayo, según el pensamiento de Natalicio González?
Es sorprendente cómo no aprendemos de los errores del pasado. Una y otra vez, tropezamos con la misma piedra y ensayamos la misma fórmula con la que hemos perdido tantas veces. En muchas instituciones gubernamentales, la corrupción administrativa goza de buena salud y van surgiendo los nuevos ricos gracias a sus cargos públicos.
En el Congreso, siguen primando los intereses partidarios y particulares de los legisladores. Las leyes se sancionan o se sepultan en los cajones, según la conveniencia de los caudillos políticos, de sectores socioeconómicos poderosos o solo como consecuencia de una fuerte presión social.
Nuestra justicia ha mejorado algo, no mucho, desde los tiempos de la dictadura. Persisten las denuncias de sentencias que se compran, fiscales que se venden, juicios que jamás terminan, presos antiguos sin condena, etc. El Estado de Derecho y la seguridad jurídica son, todavía, metas a alcanzar y aún estamos lejos de lograrlas.
Las organizaciones sociales, sean privadas o públicas, integran esta inutilidad colectiva. Algunas porque son muy débiles e ineficientes. Otras porque se consideran por encima de la ley, pues promueven la violencia, cierran rutas, invaden propiedades ajenas o explotan a su propia gente para beneficio de sus líderes.
El sistema económico tampoco ha cambiado mucho. Un tercio de la población sigue bajo la línea de pobreza, la mayoría de los trabajadores no gana siquiera el salario mínimo y el país padece un alto índice de inequidad social en cuanto a ingresos familiares. La falta de trabajo induce a la emigración de miles de compatriotas a otras latitudes.
Es cierto que muchos de estos problemas estructurales son todavía consecuencia del injusto sistema impuesto por la dictadura stronista. ¡Pero ya han pasado 23 años! Ya gozamos más de dos décadas en las que estuvimos en libertad para construir el nuevo país que tanto anhelamos y no hemos podido hacerlo. No podemos estar eternamente culpando a la desaparecida dictadura de todos nuestros males.
Si hoy todavía padecemos una nación socialmente injusta, económicamente atrasada y políticamente inestable, ya no es culpa de Stroessner; es por nuestra incapacidad ciudadana; es producto de nuestra inutilidad, aunque en grados diferenciados según nuestra posición y responsabilidad en cuanto al gobierno de la nación.
Podemos echarle la culpa a la dictadura durante 100 años, pero eso no soluciona nada. Hoy somos todos los ciudadanos los responsables de nuestro presente y de nuestro futuro. Ya basta de lamentos por el ayer; trabajemos en serio por el país en el que vivimos hoy.
Es sorprendente cómo no aprendemos de los errores del pasado. Una y otra vez, tropezamos con la misma piedra y ensayamos la misma fórmula con la que hemos perdido tantas veces. En muchas instituciones gubernamentales, la corrupción administrativa goza de buena salud y van surgiendo los nuevos ricos gracias a sus cargos públicos.
En el Congreso, siguen primando los intereses partidarios y particulares de los legisladores. Las leyes se sancionan o se sepultan en los cajones, según la conveniencia de los caudillos políticos, de sectores socioeconómicos poderosos o solo como consecuencia de una fuerte presión social.
Nuestra justicia ha mejorado algo, no mucho, desde los tiempos de la dictadura. Persisten las denuncias de sentencias que se compran, fiscales que se venden, juicios que jamás terminan, presos antiguos sin condena, etc. El Estado de Derecho y la seguridad jurídica son, todavía, metas a alcanzar y aún estamos lejos de lograrlas.
Las organizaciones sociales, sean privadas o públicas, integran esta inutilidad colectiva. Algunas porque son muy débiles e ineficientes. Otras porque se consideran por encima de la ley, pues promueven la violencia, cierran rutas, invaden propiedades ajenas o explotan a su propia gente para beneficio de sus líderes.
El sistema económico tampoco ha cambiado mucho. Un tercio de la población sigue bajo la línea de pobreza, la mayoría de los trabajadores no gana siquiera el salario mínimo y el país padece un alto índice de inequidad social en cuanto a ingresos familiares. La falta de trabajo induce a la emigración de miles de compatriotas a otras latitudes.
Es cierto que muchos de estos problemas estructurales son todavía consecuencia del injusto sistema impuesto por la dictadura stronista. ¡Pero ya han pasado 23 años! Ya gozamos más de dos décadas en las que estuvimos en libertad para construir el nuevo país que tanto anhelamos y no hemos podido hacerlo. No podemos estar eternamente culpando a la desaparecida dictadura de todos nuestros males.
Si hoy todavía padecemos una nación socialmente injusta, económicamente atrasada y políticamente inestable, ya no es culpa de Stroessner; es por nuestra incapacidad ciudadana; es producto de nuestra inutilidad, aunque en grados diferenciados según nuestra posición y responsabilidad en cuanto al gobierno de la nación.
Podemos echarle la culpa a la dictadura durante 100 años, pero eso no soluciona nada. Hoy somos todos los ciudadanos los responsables de nuestro presente y de nuestro futuro. Ya basta de lamentos por el ayer; trabajemos en serio por el país en el que vivimos hoy.






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