Las hermanas Arza y la madre, que en ese momento les acompañaba, fueron titulares de diarios durante semanas después de que se comprobara que percibían salarios de la Justicia Electoral, sin cumplir horario, incluso mientras se encontraban de viaje, y con el beneplácito de uno de sus ministros. Y como el descaro no tenía límites, una de ellas con menos de 20 años, habiendo culminado recién sus estudios secundarios, ya figuraba como “asesora”.
En cuestión de pocos segundos una sensación de impotencia y tristeza me invadió y supongo que también a mi interlocutor a quien había intentado transmitirle con la precisión de un relator de fútbol y la teatralidad de un guionista frustrado todo lo que acontecía a mi alrededor. No estaba segura de qué había pasado o estaba sucediendo en el proceso judicial que se abrió para investigar el caso, solo sabía una cosa en ese momento: aquello era demasiado para la cena, era excesivo para mí, era intolerable para cualquiera.
Sin más, me levanté y le dije a la persona con quien hablaba que iba a cambiarme de mesa, y dirigiéndoles a ellas la mirada más denigrante de la que pude ser capaz seguí diciendo: “No voy a cenar al lado de unas planilleras”. Era cierto. Una golondrina no hace primavera, pero no podía insultar así mi pobre inteligencia.
Cuando terminé de acomodarme a varios metros de distancia, siempre con el teléfono pegado a la oreja, volví a mirarlas por última vez y entonces ocurrió algo que hasta ese momento me parecía poco probable, algo inesperado: la vergüenza había desfigurado sus rostros. Principalmente el de la tristemente afamada asesora viajera. Me di por satisfecha y pude cenar en paz. La comida estuvo tan deliciosa que casi olvidé que pedí una insípida ensalada; aquello parecía un manjar.
No tardaron en irse y lo que minutos antes se presentaba como una cena incómoda, se tornó de pronto en una conclusión osada y épica para un día que no había tenido nada fascinante que se pueda recordar o que haya sido digno de narrar.
Cuando los diarios nos mostraron sus rostros sonrientes, incapaces de ruborizarse en medio del escándalo que a cualquier mortal humillaría para siempre, pensamos que la vergüenza y la deshonra eran sentimientos demasiado humanos para algunas personas, para ellas por ejemplo.
Yo no las vi sonrientes. Las vi avergonzadas y no saqué una cámara para retratarlas, pero ahora intento encontrar las palabras para decirles a todos que no se callen, que la sanción social a viles planilleros no es solamente un consuelo, que sí les duele. Yo pude verlo.
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