Muchos más de lo que se piensa suponen que la “mano dura” es imprescindible en un país como éste, habitado por incultos, indisciplinados, irresponsables y corruptos. ¿Cómo se explica entonces que, con tanta hinchada, el autoritarismo no se haya reinstalado todavía, siquiera por medio de uno de esos regímenes que se disfrazan con asambleas, elecciones, plebiscitos y demás caretas?
Tal vez porque estas personas veleidosas que, simultáneamente y según les convenga, reclaman mayor democracia para ellas mientras añoran la dictadura, en el fondo temen arriesgar las ventajas de la primera para nunca recibir las excelencias prometidas por los autoritarios, que saben repartir palos pero que raramente aciertan a romper con ellos las piñatas populares. Se las llama “nostálgicos de la dictadura”; en realidad quieren lo bueno de uno y otro régimen; algo así como “puños de acero en guantes de seda”, según la fórmula del emperador Carlos V.
De estos hay en todas las banderías porque es una cuestión de personalidad. Lo ejemplifica muy bien Alexis Carrel, premio Nobel de Medicina (1912), escritor notable y ferviente cristiano: “En cuanto a aquellos que han matado, que han robado a mano armada, que han raptado niños, que han despojado a los pobres (…) un establecimiento eutanásico, provisto de gases apropiados, permitiría disponer de tales sujetos de manera humana y económica” (¡esto es lo que llamo un verdadero programa de gobierno!).
Por otra vereda van los que creen que todo ha cambiado porque ahora existe una élite informada y cultivada que se expresa sin cortapisas; porque campesinos, sindicalistas y estudiantes gritan libremente sus derechos, reales o supuestos, donde y cuando y de la manera que se les da la gana. Porque quienquiera puede andar con toda la legislación sobre DD.HH. en la cartuchera. Nada de esto marca un diferencia determinante, sin embargo. Igual una dictadura podría instalarse mañana y nada de eso lo impediría; menos que menos el supuesto espíritu democrático popular. De esto hay que cuidarse, porque la ebriedad ideológica suele hacer vomitar mitos y utopías.
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Excepto detalles, nuestra sociedad actual es la misma que la de la época de Stroessner, sólo que multiplicada por tres. Hemos crecido, ciertamente; nos falta desarrollarnos. Tenemos el triple de población, de necesidades, de posibilidades y de fracasos. Los números cuantifican todo menos las decepciones.
Los números son útiles para marear a la gente que no tiene tiempo para tomar en serio la Economía; y oportunos para la que está bien satisfecha con su magnífica cena como para arriesgar la agradable digestión en debates que le fastidian sobre asuntos que le son indiferentes. Un programa de gobierno, por ejemplo, se adorna con muchos números aunque originalmente esté concebido como pieza novelística, de esas que arrancan retazos de la realidad para anudar una larga ristra de chorizos de fantasía.
Ignoramos aun si el gobierno que se instala es o no mera prosecución del anterior. La gente está deseosa de creer y confiar en algo nuevo; está, se diría, harta de ser escéptica; necesita ilusiones u otro estupefaciente espiritual; los días primeros y los períodos que se inauguran inducen a la esperanza; no la estropeemos sin ofrecer algo a cambio. Ya vendrán, seguramente, tiempos peores.
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