05 de Febrero de 2012
Todavía quedan restos de humedad
Qué pobre fue el festejo si es que lo hubo de un aniversario más del golpe del 2 y 3 de febrero de 1989. Salvo algunas declaraciones de rigor o emisiones televisivas, no hubo un encuentro de la ciudadanía con nuestra historia reciente.
Resulta preocupante este hecho porque las nuevas generaciones necesitan saber qué fuimos, por qué somos así y qué seremos si seguimos de esta manera. Debemos enseñarles a nuestros jóvenes, niños y a quienes nunca se enteraron que vivían bajo un régimen dictatorial que el país vivió "ennegrecido por el stronismo" como sintetizó magistralmente el compañero Alcibiades González Delvalle en las notas del autor, de su obra "San Fernando".
Escasas eran las voces que se animaban a protestar un atropello inconstitucional porque el castigo como mínimo era el agua de la pileta de La Técnica o del río. La elección no corría por cuenta de la víctima.
Había censura oficial contra algunas puestas de teatro y otras actividades culturales, no había libertad de prensa, se tenía que pedir permiso para farrear, el pelo largo era patrimonio exclusivo de los músicos (previa presentación de carnet) y el que no iba al Cimefor era un "señoritón", entre otras cosas. En aquellos tiempos no habían Facebook, Twitter y ni siquiera correos electrónicos para contarle al mundo lo que estaba pasando.
Mientras Luis Miguel temblaba en Itá, el 2 y 3 de febrero de 1989 los tanques militares salieron a las calles con la misión de derrocar al dictador, con el respaldo de la ciudadanía que aguardaba silenciosa en sus casas un desenlace feliz.
No fue una revolución sino un golpe de Estado, que comenzó a modificar algunos aspectos formales para que el Paraguay se introduzca lentamente en una transición democrática y abra sus pesadas puertas al mundo.
Desde 1989 hasta el 2008 continuó el mismo partido en el poder hasta que apareció el ex obispo católico Fernando Lugo y con él también muchas personas siguen revolucionando sus vidas, pero no llegó la verdadera revolución que los "hombre de a pie" esperan.
Lo triste es que luego de 23 años "todavía quedan restos de humedad" (Pablo Milanés, 1984). Se fue Stroess-
ner pero el stronismo sigue deslizándose por las fibras más íntimas de una sociedad, que necesita aprender que no hay futuro sin memoria.
Resulta preocupante este hecho porque las nuevas generaciones necesitan saber qué fuimos, por qué somos así y qué seremos si seguimos de esta manera. Debemos enseñarles a nuestros jóvenes, niños y a quienes nunca se enteraron que vivían bajo un régimen dictatorial que el país vivió "ennegrecido por el stronismo" como sintetizó magistralmente el compañero Alcibiades González Delvalle en las notas del autor, de su obra "San Fernando".
Escasas eran las voces que se animaban a protestar un atropello inconstitucional porque el castigo como mínimo era el agua de la pileta de La Técnica o del río. La elección no corría por cuenta de la víctima.
Había censura oficial contra algunas puestas de teatro y otras actividades culturales, no había libertad de prensa, se tenía que pedir permiso para farrear, el pelo largo era patrimonio exclusivo de los músicos (previa presentación de carnet) y el que no iba al Cimefor era un "señoritón", entre otras cosas. En aquellos tiempos no habían Facebook, Twitter y ni siquiera correos electrónicos para contarle al mundo lo que estaba pasando.
Mientras Luis Miguel temblaba en Itá, el 2 y 3 de febrero de 1989 los tanques militares salieron a las calles con la misión de derrocar al dictador, con el respaldo de la ciudadanía que aguardaba silenciosa en sus casas un desenlace feliz.
No fue una revolución sino un golpe de Estado, que comenzó a modificar algunos aspectos formales para que el Paraguay se introduzca lentamente en una transición democrática y abra sus pesadas puertas al mundo.
Desde 1989 hasta el 2008 continuó el mismo partido en el poder hasta que apareció el ex obispo católico Fernando Lugo y con él también muchas personas siguen revolucionando sus vidas, pero no llegó la verdadera revolución que los "hombre de a pie" esperan.
Lo triste es que luego de 23 años "todavía quedan restos de humedad" (Pablo Milanés, 1984). Se fue Stroess-
ner pero el stronismo sigue deslizándose por las fibras más íntimas de una sociedad, que necesita aprender que no hay futuro sin memoria.





COMENTARIOS