El libro es apasionante porque con rigor científico rescata el valor de la adolescencia con entusiasmo, destacando con visión optimista su trascendencia y belleza, frente a los prejuicios populares que suelen calificar a la adolescencia como una etapa de inmadurez, desajustes, vacilaciones y rupturas.
Entre los procesos más importantes de esta etapa resalta el desafío de integrar diversos y, a veces, contradictorios movimientos de la mente hacia la identidad personal. ¿Quién soy yo? ¿Cómo soy? ¿Cómo voy a ser? ¿Cómo y qué quiero ser? ¿Seré capaz de serlo?, etc.
Siegel está convencido de que en la construcción de la personalidad debe trabajarse en promover un deslizamiento del “yo” al nosotros. Poner toda la energía en desarrollar el “yo” en un mundo con sociedades peligrosamente egoístas y narcisistas, es contribuir a reforzar los conflictos, desentendimientos y violencias. No se trata de abandonar el interés, la atención y el desarrollo del “yo”, se trata de enriquecerlo con su natural vocación social. Lograr el equilibrio en el desarrollo del “Yo” con el deslizamiento hacia el nosotros lo sintetiza Siegel creando un expresivo neologismo: se trata de desarrollar el “YOSOTROS” (2015, 332).
Una vez más, ahora desde la neurología, la educación, formación y capacitación de la afectividad, asimilando competencias socioafectivas se nos presenta como una tarea que ni las familias ni las instituciones educativas pueden eludir. Tanto mayor es la responsabilidad cuanto mayores son los graves problemas que estamos cosechando en nuestra sociedad por negligencia, pasividad o insuficiencia de la educación afectiva y el logro de la suficiente madurez para poder convivir en relaciones matrimoniales, familiares y sociales armónicas.
Vienen sonando diversas alarmas sobre los excesivos desequilibrios afectivos que provocan demasiadas tragedias. Si cada seis días se produce un feminicidio en nuestro país, estamos ante un estado patológico extremo de deformación humana en la afectividad de un número significativo de los varones paraguayos, porque evidentemente que este indicador es un síntoma de una enfermedad afectiva que lleva consigo otros muchos comportamientos no tan mortales, pero no menos graves, que no tienen por qué producirse en una sociedad sana.
Si crece el número de niños y adolescentes actores y víctimas de bullying es porque la educación, formación y capacitación afectiva de los menores no han logrado ayudarles a encauzar sus energías afectivas para una convivencia nutrida de vivencias en el dominio de las pasiones personales y el respeto a la libertad y derechos de los demás.
Si crece la producción, el tráfico, la venta y el consumo de alcohol y drogas entre niños, adolescentes y jóvenes es porque las profundas deficiencias afectivas los debilitan y son vulnerables a la criminal persuasión de los vendedores, engañándoles con promesas de placer y felicidad, cuando les están vendiendo componentes químicos que les alienan, los hacen dependientes y adictos y les destruyen su sistema nervioso, empezando por el cerebro.
Somos el país con el bono demográfico más alto del continente. El 56% de nuestra población tiene menos de 30 años. Mirando al presente y al futuro, ellos son nuestra mayor riqueza. Las políticas de desarrollo económico y social nunca pudieron contar con semejante potencial. Pero si las políticas sociales de estado, entre ellas las políticas de educación, si los comportamientos familiares y sociales siguen pasivos sin reaccionar ante los indicadores y alarmas que avisan del grave estado deficitario de nuestro caudal afectivo y las tragedias que incuba y produce, poco a poco nuestro país, además de estar en cabeza entre los países más corruptos, estará también entre los países más violentos e inseguros. La tradicional hospitalidad, amabilidad, solidaridad del pueblo paraguayo, parece que empieza a tener fisuras e indicadores que merecen, además de preocupación, nuevas políticas de educación de la afectividad y de acompañamiento a los adolescentes, los jóvenes y las familias.
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