Un camino peligroso

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Con el caso de la mujer quemada los lectores expresaron sus pensamientos, en nombre de lo que cada uno cree que es justicia. Conmocionados todos por la violencia del crimen, el ping pong popular estuvo entre “la belleza y la fealdad”. Me decía alguien: “Algo así como la bella y la bestia con otro final”. En el cuento, la bella transforma a la bestia en un príncipe soñado y acaban felices. En la realidad esto es un poco más complejo, no significa que el hombre se volverá atractivo físicamente, sino que la mujer a través de su amor consigue transformar lo feo en bello, lo bestial en amabilidad. Pero en esta terrible historia la muerte se gestó sobre un escenario ajeno al romanticismo. También fue un punto muy debatido la vida ligera de la chica; es cierto, nadie merece ser asesinado, pero la muerte no escatima víctimas cuando por sus senderos se transita. El que mató no dejará de pagar con décadas de prisión y con su propio infierno. Aunque sin antecedentes penales y arrepentido, su imagen de hombre acabado puede verse en las fotografías de las últimas noticias.

Las muertes de mujeres, sobre las que se informa globalmente, parecen no ser suficientes para prevenir el horror.

Es tiempo de madurar y dejar de justificar una sociedad caóticamente vacía: sin transmitir mejores formas de vida para los jóvenes, ni hoy ni nunca las leyes penales serán suficientes para protegerlos. Mientras no se haga énfasis en las virtudes esenciales del ser humano, en la cruda realidad económica, en la educación familiar, estas noticias continuarán alimentando la tragedia y el morbo. Mujeres asesinadas, hijos huérfanos, padres, hermanos y amigos desconsolados.

Sufrimos el resultado de una sociedad de antivalores, fuertes corrientes entre los jóvenes los instruyen a animarse a todo en nombre de “su vida, su derecho, su libertad”. Uno de los jóvenes sospechados dijo a la prensa: “Algunos fines de semana nos íbamos de libertinaje con ella, pero no la conocía mucho”. Cuánto mensaje en esas palabras.

Sociedad distópica la nuestra, los dos, la víctima y el victimario, cayeron en una trampa mortal.

Espero que los analistas, los profesionales de la salud mental, también de nuestra acuciante realidad económica (porque la chica llevaba dinero a su casa, según dijo su madre) actúen y se jueguen un poco más por explicarnos qué sucedió, y no dejarlo en un caso más dentro de la bolsa de la condena y catarsis general hasta que ocurra una nueva desgracia.

El amor que él deseaba o creía no existió, consecuentemente brotó la enfermedad, la ira, el fin del camino, la falta de nutrientes esenciales. Padres y madres presten atención a sus hijos y por qué no a otros jóvenes, no todo es techo, comida y darles gustos, también y principalmente diálogo; sean ejemplo de vida no perfecta pero bella y sana. No a todos los jóvenes “ya se les pasará el capricho, el enamoramiento”, quién sabe qué puede anidar –tras un rechazo– en un corazón hambriento, en una mente quebrantada.

Finalmente, por más “imposible” que se juzgue la relación entre víctima y victimario, solo ellos sabrán sobre qué se cimentó la cercanía que tenían.

Dar sentido a la vida y al amor, uno alimentando al otro, a esta prevención nos debemos todos.

lperalta@abc.com.py