Tras liberar la calzada y ante la ausencia de camiones que puedan traer material seco para dar consistencia a la vía, los vecinos optaron al histórico método de unir troncos de karanda’y y con ellos improvisar una suerte de rudimentario pavimento de madera, que permite a motos y vehículos de cuatro ruedas superar los pasos más críticos. Una fórmula similar utilizan para reponer sus precarios puentes.
A pesar de las promesas recibidas y de peregrinar durante más de cinco años buscando que alguna institución se hiciera responsable de renovar los podridos puentes de madera de la vía, ninguna respuesta efectiva dieron los representantes de las instituciones públicas, como municipalidad y la Gobernación de Ñeembucú. Ante tal desinterés, lejos de rendirse, los vecinos recurrieron a las técnicas aprendidas de sus abuelos, que montaron las estructuras a ser reemplazadas.
Nuevamente decidieron aprovechar el karanda’y, la palma predominante en la zona, utilizando su madera para instalar improvisados pero útiles puentes que son el vivo testimonio de una comunidad que no se entrega y de autoridades que dan la espalda a las necesidades de sus conciudadanos. En todo el territorio departamental, con escasas excepciones, se verifica que los recursos públicos que llegan a la zona han sido dilapidados en obras que lejos están de representar los intereses del pueblo, y solo han servido para el crecimiento vertiginoso de la fortuna de unos cuantos avivados.
Esperemos que las nuevas autoridades departamentales, y aquellas que surjan en las municipales del año 2020, pongan fin a estas injusticias, y que el dinero público vuelva a estar al servicio de los intereses del pueblo.
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