La anhelada reforma de la Universidad ni siquiera pudo empezar porque existen conflictos y enredos, sin visos de solución por intereses mezquinos y falta de entendimiento.
La centenaria UNA no pudo levantarse del manotazo que le dieron el exrector Froilán Peralta y su entorno, así como exdecanos y directores que fueron cómplices y encubridores de las irregularidades denunciadas. El mentís, la arrogancia y los discursos grandilocuentes eran para tapar nada más el manejo discrecional del dinero y la distribución irregular de rubros incluso a no docentes.
Por otro lado, mientras el conflicto en la Asamblea Universitaria por la reforma del Estatuto de la UNA se agrava, el bajísimo nivel de enseñanza pareciera no importarle a nadie. La cuestión de fondo es la formación universitaria y el objetivo debe ser preparar profesionales en todas las ramas del saber y la formación integral del ser humano.
El caos social, los atropellos, la irresponsabilidad y la corrupción que hizo matástasis en el país es precisamente por una formación mediocre, mutilada e ineficiente.
El título universitario no sirve de nada cuando no existe contenido. Ni el doctorado ni la maestría sirven cuando no se tiene la formación integral para asumir compromisos y ejercer las funciones con honestidad y solucionar los problemas a la luz de la razón. La UNA formadora de los jóvenes universitarios, aún está en deuda con el país y con la juventud que quiere una sociedad mejor preparada para el desarrollo.
Se debe reasumir el compromiso de cambio. Además de la conducción sabia de las autoridades de la UNA, hace falta una revisión del nivel académico a fin de responder a los desafíos del siglo XXI, los avances de las ciencias, la tecnología y la comunicación.
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