Estuvo allí el presidente Horacio Cartes rodeado de un centenar de personalidades: jefes de Estado, jefes de Gobierno, cancilleres, embajadores, ministros, enviados especiales, algún monarca europeo, representantes de las grandes democracias occidentales y también de los otros, los totalitarios; hubiera querido decir, en realidad, los nostalgiosos, la izquierda cavernaria que todavía cree en la lucha armada para la toma del poder, ya que los primeros estaban en apoyo al Gobierno colombiano, los últimos, por sus inocultables simpatías con la guerrilla.
Es francamente positivo que Cartes haya estado presente. Es de esperar que no solo se haya sentido emocionado por lo significativo del acto, sino también que haya aprendido algo. Lo ideal es que no solo se mire, sino que también se aprenda. La principal enseñanza es que la lucha armada como manera de llegar al poder para imponer desde allí una determinada ideología, ha fracasado siempre. Puede ser que se hayan logrado resultados momentáneos, pero a la larga naufragaron: desde el estalinismo en la extinta Unión Soviética a la famosa “revolución cultural” de Mao en China. En nuestro continente la inestable revolución cubana y una serie de movimientos armados que terminaron siempre en tragedia. Tenemos ejemplos muy cerca: Argentina con los montoneros, Uruguay con los tupamaros y Brasil también con un grupo armado del que formaba parte su destituida presidente Dilma Rousseff. La lucha armada en Colombia, en sus cincuenta y dos años de actividad continuada, le costó al país 267.000 muertos (se calcula que el 10% de estas víctimas fueron niños) además de decenas de miles de personas lisiadas a causa del enfrentamiento armado y, sobre todo, a causa de las minas que fueron enterradas en todo el territorio y que llevará años desactivarlas con el riesgo latente de que algunas de ellas seguirán cumpliendo su macabra misión.
La prensa local se ha ocupado del Hospital Militar dedicado a atender a las víctimas del ejército y de acuerdo a las estadísticas recibían unos mil heridos por año (una media de tres a cuatro víctimas por día). Desde que cesó el fuego, atienden a no más de sesenta por año. Ello da una idea del impacto que tenía el conflicto dentro de las fuerzas militares. Y aquí no figuran los centenares de secuestros de gente inocente retenida para ser cambiada por el pago de un rescate o el canje por guerrilleros presos. Las historias se dan por miles.
Un periodista colombiano, refiriéndose a esta firma que da por terminado el conflicto armado, escribió en un artículo publicado aquí en España: “Escuché el otro día en Bogotá que la guerra ha dado de comer a mucha gente”. Creo que a partir de nuestra experiencia, la que se está dando en la actualidad en nuestro país, la frase no necesita de comentario ni explicaciones.
Esta referencia superficial, rápida e incompleta de lo que ha significado las FARC en la vida de Colombia es nada más que para tener en cuenta a lo que puede conducir la lucha armada de grupos criminales semejantes. Decía más arriba que ojalá que el presidente Horacio Cartes haya aprendido algo; es decir, en lo que podemos terminar en Paraguay si es que no se toma en serio la lucha contra el grupo criminal que se hace llamar Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) que no es ni ejército (es una pandilla criminal), no es del pueblo (matan tanto a militares como a campesinos) ni es paraguayo (reciben apoyo desde afuera). No hagamos realidad lo escrito por el periodista, lo de “la guerra que da de comer a mucha gente” ni mezclemos la política donde no corresponde. A Colombia le ha costado casi trescientos mil muertos. No corramos el riesgo de repetir la historia.
jesus.ruiznestosa@gmail.com