¿Y a la propiedad intelectual?

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SALAMANCA. Al leer que la Dirección Nacional de la Propiedad Intelectual (Dinapi) se incautó de artículos falsificados por un valor de 220.000 dólares, me dio un vuelco el corazón pues pensé que por fin habían decidido proteger la obra de los creadores no solo del país, sino también de otras latitudes. ¡Al fin la diana había sido puesta en esa piratería desfachatada que inunda, ante la mirada impasible de ciudadanos y autoridades, las calles de la ciudad! Pero la alegría duró poco. La noticia hacía referencia a un operativo realizado en tiendas ubicadas en la galería comercial “San Miguel” de Asunción, ubicada en el Mercado Municipal Nº 4.

Las cifras que ofreció Dinapi son suficientes para ponerle los pelos de punta incluso al más distraído. Solo en este operativo se incautaron 5.142 accesorios para teléfonos de marcas conocidas como Samsung, Nokia y LG. Funcionarios de esta repartición dijeron que este material podría haber significado una pérdida de más de 1.200 millones de guaraníes a los propietarios de tales marcas.

La ilusión que me había hecho al leer los titulares fue porque tenía la esperanza que después de mucho tiempo por fin las autoridades habían decidido actuar contra la piratería de bienes culturales, utilizando la palabra en su más amplio sentido para abarcar películas (DVD), música (CD) y hasta libros. En todos estos últimos años he venido insistiendo casi hasta el cansancio (“casi”, pues seguiré insistiendo) en el daño irreparable que dicho comercio ilegal escondido bajo el inocuo término de “piratería” –es en realidad, un robo con todas las de la ley– que sufren quienes de alguna o de otra manera han podido realizar su película, grabar su disco de música o escribir un libro. Tenemos un concepto tan equivocado de lo que significa “propiedad” y una moral tan pervertida, que no tomamos a mal una situación como esta. Y si alguien decide llevar acciones contra ella, contra esta “piratería”, quienes la ejercen se defienden diciendo “pero no nos dejan trabajar”.

Ya utilicé este ejemplo, pero insistiré en él. Si yo robara hoy una joyería y mañana pusiera una pequeña manta a la puerta de uno de los lujosos centros comerciales y comenzara a vender los anillos, cadenas, colgantes, collares, pulseras, todos de oro, todos salpicados de chispas de diamantes, estoy seguro de que se presentará la policía y me llevará preso en menos de lo que canta un gallo. ¿Puedo decir en mi defensa que no me están dejando trabajar? Me imagino que más de un lector estará pensando que mi ejemplo es tonto, que no viene al caso, porque aquí se trata de joyas y en el otro nada más que de películas, música y libros. Este es el grado de perversión moral al que hemos llegado por diferentes caminos. Entre ellos, la impunidad, la educación deficiente que recibimos en la familia, en el colegio, en la vida cotidiana a través del ejemplo ofrecido por nuestras autoridades corruptas.

Se me vienen en tropel a la cabeza títulos de películas, de composiciones musicales, de nombres de libros por los que daría todos los tesoros del Rey Salomón por ser el autor de una sola, nada más que una, de esas obras. Lastimosamente, todo está tan desvalorizado, que la gente no puede entender una actitud de esta naturaleza.

Lo llamativo es que las autoridades correspondientes quieren que Asunción sea elegida “capital de la cultura” de América. Como una vez ya me pregunté: cultura de qué. Respeto lo que pertenece a Nokia y a Samsung y a LG. Es justo. Pero también respeto (y quizá mucho más) la obra producida por los creadores, sean nuestros o no, porque sin ellos no habría cultura, ni habría sentido de lo ajeno, ni habría respeto hacia el otro, ni había respeto a lo que le pertenece a cada uno. Cabe alegrarse de que, por fin, la Dinapi se haya enterado, después de muchos años, de que en dicho lugar se vendía material pirateado. Esperemos ahora que quizá dentro de muchos años se entere de la piratería que azota a los creadores.

jesus.ruiznestosa@gmail.com