19 de Junio de 2017

| BUSCA QUE LA CIUDADANÍA SE ACOSTUMBRE A LA CRISIS

El oficialismo provoca el caos como estrategia de sobrevivencia

Por Edwin Brítez

El caos de la política no es lo mismo que la política del caos. Lo que aparenta ser un desorden en el campo político no es sino una estrategia política de dominación para conservar el poder o para adherirse a quienes aún la poseen, tal como se puede observar en los últimos y sucesivos episodios políticos en nuestro país.

Aún cuando el analista internacional Moisés Naím habla en su libro “El Fin del Poder” de que cada vez es más difícil ejercer el poder y más fácil perderlo, parecería ser que el establecimiento artificial de mayorías transitorias en el Congreso significa aquí todo lo contrario, de que en Paraguay es fácil para el cartismo conservarlo.

Pero Naím estudió numerosos casos durante muchos años para teorizar sobre el poder y llegar a esa conclusión: difícil ejercerlo y fácil perderlo. El autor advierte que los nuevos micropoderes que ahora desafían en todos los ámbitos de la actividad humana tienen una energía iconoclasta capaz de derrocar dictadores, acabar con monopolios y abrir nuevas oportunidades, aunque en Paraguay hay quienes hacen lo contrario.

Por ende, parece claro y sencillo que la alianza cartista con micropoderes y los atropellos sucesivos a la institucionalidad tienen por objetivo hacer difícil lo que para Naím ahora es fácil: perder el poder. Pero todos sabemos que el proyecto cartista no solo busca conservar el poder los cinco años constitucionales establecidos, sino forzar primero una reelección fracasada para sustituirla por una continuidad a través de prestanombres.

Estas cuestiones de construir mayorías numéricas sacrificando el valor cualitativo de las minorías; de cambiar reglamentos internos amoldándolos a necesidades y ambiciones parceladas; de sustituir mesas directivas; destituir a representantes para constituir a solo amigos del poder de turno, haciendo connubio con fecha de vencimiento entre amigo-enemigo, no es el simple Cambalache de Discépolo, aunque muy parecido por los acontecimientos de la “década infame” en que se la compuso.

Todo parece estar cabeza para abajo (lo está en muchas cosas) y quienes piensan que desgraciadamente nos toca vivir esta situación de pura mala suerte, creo que se llevarán la decepción de sus vidas si observan los sucesos desde la perspectiva de una estrategia parecida a lo que se conoce como la teoría del caos, donde basta con mover algunas piezas (en el pasado o en el presente) para producir efectos no esperados aunque también planeados, de acuerdo con la óptica del documentalista Adam Curtis para quien el triunfo de Donald Trump comenzó en 1975 con la movida de piezas que si continuaban su curso normal hubiesen tenido otro resultado.

En aquel tiempo Nueva York entró en crisis y Trump aprovechó para conseguir rebajas históricas de impuesto inmobiliario que lo llevaron a hacer grandes construcciones; los políticos renunciaron a las acciones colectivas y cedieron sus espacios a las corporaciones. Desde entonces la política viene cediendo espacio a otros factores de poder hasta llegar al fenómeno de los outsiders, según la óptica de su obra “Hipernormalización”, que explica el proceso de normalización de las falsas verdades o la falsedad normalizada.

Es lo que está ocurriendo actualmente en Paraguay. Los políticos que ejercían liderazgo al interior de sus respectivos partidos no consiguieron llegar a la presidencia de la República a pesar de la fuerte influencia ejercida en su momento en el espacio democrático. Luis M. Argaña, Domingo Laíno y Lino Oviedo, por ejemplo, quedaron al costado y se impusieron los “gobiernos no políticos”: Andrés Rodríguez, Juan Carlos Wasmosy, Raúl Cubas Grau, Fernando Lugo y Horacio Cartes.

Pero el fondo de la cuestión no radica en naturaleza política o no de los presidentes, sino en el diseño y empleo de una estrategia que se va ajustando a la teoría del caos. Jorge Lanata explica resumidamente en su libro “La década perdida” que esta teoría tiene lugar cuando frente a determinadas condiciones iniciales de un sistema caótico, la mínima variación en ellas puede provocar que el sistema evolucione de manera totalmente diferente. De esta manera Lanata encuentra una estructura de caos en el kirchnerismo que desemboca en la derrota del gobierno, como resultado de errores en su propia fundación.

Al amparo de esta teoría, se alientan y organizan conflictos innecesarios, crisis económicas y/o sociales, con los que a su vez generan inamovilidad o resignación ciudadana. Algunos recurren a ella para alcanzar el poder pero otros, para conservarlo. El objetivo de los diseñadores de las estrategias basadas en esta teoría es desconcertar, crear ansiedad en la ciudadanía ante la probable destrucción de un sistema aprobado colectivamente, como por ejemplo el Estado de derecho.

La confusión ante el caos empuja a la ciudadanía a buscar fórmulas providenciales (generalmente mano dura) o a aprobar recetas de quienes provocaron deliberadamente la situación para terminar ellos mismos ofreciendo la sensación de algo mejor de lo que ofrecen los demás, tal como está ocurriendo con la promocionada capacidad y juventud del precandidato oficialista.

Pero el cartismo cometió dos errores en su carrera de varios aciertos: 

1. Se equivocó en el manejo del tiempo en cuanto al cronograma de la reelección (en vez de intentarlo al comienzo cuando lo tenía todo, lo dejó para el último) y el resultado que debía ser de una probable reelección aceptada, se convirtió en una totalmente rechazada.

2. Subestimó la reacción de la ciudadanía que, al decir del consultor político brasileño Hiram Pessoa de Melo, “es combativa y agresiva, cuando sale a la calle las cosas cambian, lo cual es una señal importante” .

Los pasos del cartismo para conservar el poder estaban finamente calculados hasta que el errorcito inicial de retrasar la reelección desembocó en el monstruo de la enmienda, con la secuela de episodios más crueles que los provocados por la propia dictadura stronista, como el asesinato del enemigo en su propia casa (Rodrigo Quintana), la falsificación de firmas para pedir la reelección, atropellos a la Constitución en la propia sede del Congreso, una y otra vez, y muchas otras cosas ilegales e inconstitucionales.

Por lo visto ya no cabía otra que diseñar la estrategia del caos para confundir a la gente, “hipernormalizar” las falsedades, gestionar la “percepción diferente”, a fin de reducir el espacio de reacción de los opositores y disidentes, para conducirnos finalmente a todos a la simple y banal conclusión de que lo “estamos” haciendo todo mal (entre todos) y que no existe un solo culpable sino uno de acá y otro de allá, muchos de aquí y muchos de allá.

En la teoría del caos los resultados pueden ser totalmente diferentes a lo natural y obvio, pero también es posible programar los episodios para lograr situaciones previsibles. Los micropoderes se dan cuenta de que pueden ganar en alianzas puntuales con quien más puede en ese momento, por lo que cooperan para construir conflictos, crisis y finalmente caos (CCC). En el caos está la ganancia para todos, menos para la ciudadanía que no se anima a enfrentar el desafío de su destino político a través de organizaciones capaces de potenciar esa voluntad “combativa y agresiva” mencionada por el consultor brasileño para emplearla en un motor electoral transformador.

ebritez@abc.com.py

 
 

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