El hacinamiento es desesperante, por sus apestosos pasillos corren drogas y su conexión eléctrica es precaria. De los casi 4.000 internos, 1.000 ya no están en condiciones de reinsertarse en la sociedad, revelaron las autoridades penitenciarias.
El penal de Tacumbú es una pequeña ciudad, que tiene sus propias reglas. Su dinámica es casi automática y las autoridades penitenciarias, así como los guardiacárceles, solo se encargan de coordinar cuestiones burocráticas.
No obstante, el director penitenciario, Artemio Vera, y los guardiacárceles son reverenciados por los reclusos. Todos quieren saludarles y hablarles de su inocencia, esperando un aliento, una voz de esperanza, según pudimos apreciar durante nuestro recorrido.
Los internos –sin distinción de pabellones– se comportan como subordinados y no demuestran desprecio hacia los “extranjeros” que visitan ocasionalmente el penal. Es solo una fachada, porque en realidad son los que gobiernan el penal. Una muestra es que en cada pabellón hay como una suerte de kiosco en el que se puede comprar de todo.
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Hay presos que duermen a la intemperie porque ya no tienen espacio en los pestilentes pasillos, sobre camas improvisadas con gastados colchones, frazadas y almohadas.
El escenario está preparado para una gran explosión, tal como ocurrió en el 2000, ocasión en que murieron seis reclusos y el guardiacárcel Lorenzo Tamis. El hacinamiento es exasperante porque no hay ventilación: solo puede albergar a 1.500 reclusos, pero hoy viven en este lugar 3.975.
El exrecluso y médico Silvio Ferreira, que trabaja de voluntario en el penal, nos dijo que el hacinamiento aumenta el calor dentro del recinto, hecho que sube el nivel de estrés y multiplica las enfermedades respiratorias, micosis (hongos), impide el uso correcto de baños y baja el nivel de las tres comidas que se sirven.
El presupuesto anual para alimentar a los casi 4.000 reclusos es de apenas G. 800 millones. El director de la cárcel, Artemio Vera, explicó que la situación se complica cuando hay visitas los martes, jueves, sábado y domingo, porque aumenta la población.
Añadió que esos días, semanalmente, llegan 8.000 personas para ver a parientes y amigos.
“Rescato el buen comportamiento de los internos, porque un amotinamiento sería muy grave debido a que solo contamos con 135 guardiacárceles para los casi 4.000 reclusos”. Según reglas penitenciarias internacionales, debe haber un guardiacárcel por cada seis internos.
El 77% sin condena
Solo el 23% de los reclusos en Tacumbú tienen condena, hecho que eleva al máximo la irritación del 77% restante (3.063 personas) que no sabe cuándo volverá a la sociedad civil.
Si la privación de la libertad es la pena legal más dura para un ser humano en nuestro país, la falta de dinero en un centro de reclusión empeora su situación. El recluso debe “inventarlo”: algunos venden hasta sus utensilios de comida, colchón, etc. Otros se inician como “llamadores”, se encargan de buscar a la persona solicitada.
Los alimentos u objetos que llevan los parientes y amigos de los internos deben pagar en la entrada un peaje, “impuesto” que encarece aún más el costo del “hospedaje”.
Tacumbú es lo más parecido al Mercado 4. En su predio puede comprarse de todo. En cada pabellón hay varios kioscos, copetines o almacenes. Ni el director sabe cuántos hay. “Creo que son 30”, respondió a nuestra consulta.
Mañana: Tacumbú, donde la coima comienza en el mismo portón.
